Mi entrenador de CrossFit

relato erótico de crossfit

Tuve un día agotador. Necesitaba cerrarlo entrenando para liberar la tensión acumulada.

Llegué al box, un espacio amplio con estética de garaje convertido en centro de entrenamiento. Era de noche y la lluvia fina que caía en la calle me había dejado la piel y la ropa ligeramente húmedas tras caminar seis cuadras. Sabía que mis compañeros habituales no vendrían; el clima era pésimo y se trataba del último turno de la jornada.

Al entrar, varios atletas de la clase anterior terminaban sus ejercicios y me saludaron con gestos cansados antes de marcharse. Pasé junto al pequeño baño en penumbra y me dirigí al depósito donde se guardan los elementos y los casilleros. Apenas iluminado por la luz de las farolas exteriores, vi en una esquina a Tyson, el perro del box, levantarse de su cucha para recibirme.

Antes de que llegara a mí, me quité por la cabeza el enorme abrigo con el que me protegía de la lluvia. La prenda arrastró consigo mi camiseta por unos segundos, dejándome al descubierto solo con mis calzas cortas y un top ajustado que penas contenía mis pechos. Sabiéndome sola en la estancia, no le di importancia. Me agaché a acariciar a Tyson, escuchando sus muestras de afecto mientras le hablaba con cariño.

Al intentar ponerme en pie, perdi el equilibrio tras un movimiento del perro. Pero antes de trastabillar, una mano grande, firme y cálida se posó en mi cintura con la fuerza suficiente para devolverme la estabilidad sin esfuerzo. Con la otra mano, sujetó la correa del perro.

El primer contacto

No lo había escuchado entrar ni sabía cuánto tiempo llevaba allí. Se agachó a mi lado para acariciar al animal y enviarlo de vuelta a su espacio. Al incorporarnos desde el suelo, nuestras miradas se cruzaron a escasa distancia. Me recorrió de arriba abajo con una expresión oscura y seria.

—Pensé que ya no vendría nadie, estaba apagando las luces —dijo con voz dura.

—Puedo irme y volver mañana, también estoy cansada —respondí, sintiendo un leve escalofrío.

—Ya estás acá. Hagamos esto rápido —sentenció.

Su mano seguía apoyada sobre mi cuerpo. Al notar su propia persistencia, la retiró con brusquedad, visiblemente incómodo, y salió de la habitación sin añadir una palabra.

Comencé a calentar sola mientras los últimos deportistas se despedían. La música bajó de volumen y el silencio del garaje se hizo más evidente. Estaba a solas con mi entrenador.

Realicé los ejercicios de movilidad y me concentré en la parte técnica, buscando que el dolor físico borrara el cansancio mental del día. Cuando estaba concluyendo la primera parte del entrenamiento, volvió a aparecer. No había encendido todas las luces, solo un foco central que proyectaba una luz tenue en mitad de la pista. Se había quitado la camiseta; su torso desnudo mostraba gotas de sudor y lluvia descendiendo hacia la cintura del pantalón.

—¿Cómo vas? ¿Necesitás algo? —preguntó fijando sus ojos en mí.

—Estoy terminando. ¿Me explicás el WOD de hoy?

—Es en parejas. Lo voy a hacer con vos. ¿Conocés todos los ejercicios?

—Sí… pero no hago dominadas —admití con cierta vergüenza.

Una media sonrisa de suficiencia se dibujó en la comisura de sus labios.

—Dejalas para el final. Yo te ayudo con esas.

Tensión en la barra

Completé las cuatro rondas de la rutina. Mis músculos quemaban y mi mente por fin estaba en calma. Solo quedaban las dominadas. Creyendo que no podría realizarlas, comencé a caminar hacia la zona de los casilleros.

—Tenés que terminar —su voz me sobresaltó desde la penumbra.

—No me sale.

—Vení.

Nos acercamos a la estructura de hierro. Sin darme tiempo a reaccionar, me sujetó de la cintura y me elevó hacia la barra. Se colgó justo enfrente de mí, tan cerca que sentía el calor que emanaba de su pecho.

—Subí las piernas a mi cadera —ordenó.

Enrollé mis piernas alrededor de su cuerpo. Quedamos completamente pegados, respirando el mismo aire, con los rostros a milímetros de distancia. Flexionamos los brazos al unísono, subiendo y bajando juntos en una serie guiada por su fuerza invencible.

A la tercera repetición, lo sentí. Una dureza inconfundible crecía entre sus pantalones deportivos y presionaba directamente sobre mi centro sensible. La fricción de nuestras telas con cada elevación enviaba descargas eléctricas por toda mi pelvis.

Ocho… solo podía pensar en el roce constante de su miembro. Nueve… la humedad de mi cuerpo era inocultable. Diez… sus ojos oscuros me sostenían la mirada por encima de la barra, absorbentes y dominantes.

—Soltá la barra y agarrate de mí. Voy a bajarnos.

La rendición

Rodeé su cuello con mis brazos. Aterrizamos en el suelo, pero no me dejó bajar. Avanzó tres pasos firmes hasta acorralarme contra la pared de ladrillo visto del box.

Sus manos ascendieron desde mis muslos hasta mis nalgas, sujetándome con firmeza. Me miró a los ojos, descendió la vista hacia mi boca y me devoró en un beso hambriento y profundo. Atrapó mis labios, los recorrió con la lengua y tomó el control absoluto de mi respiración.

Presionó todo su cuerpo contra el mío. Sentí su erección rígida clavándose sin contemplaciones contra mi vientre, acoplándonos por completo. Ya no había resistencia ni cansancio; en medio del garaje a oscuras y con la lluvia golpeando afuera, me entregué por completo a su dominio.

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2 comentarios de “Mi entrenador de CrossFit”

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