Aunque siempre me había gustado mantenerme en forma, el boxeo nunca había estado en mis planes. Fue mi mejor amigo quien me convenció de probar una clase muestra. Allí conocí al entrenador: un tipo de unos 32 años, atlético, con una mirada entre intelectual y misteriosa que captó mi atención al instante.
Durante tres meses me exigí al máximo en cada entrenamiento. Notaba cómo me observaba y cómo jugaba con mi nombre, haciendo pausas deliberadas o fingiendo olvidarlo solo para provocarme. Era su forma sutil de hacerme saber que no le era indiferente.
El lunes festivo, bajo una lluvia persistente, llegué al gimnasio con diez minutos de retraso. Para mi sorpresa, la sala estaba completamente vacía.
—Hola Ale, hoy tendrás entrenamiento personalizado —dijo con una sonrisa enigmática mientras cerraba la puerta para resguardarnos del viento.
La tensión en el ambiente se volvió casi palpable. El sonido de la lluvia de fondo y el eco del gimnasio solitario aumentaban mis nervios. Inicié la rutina saltando la cuerda y luego pasé a los golpes técnicos.
—¡Relaja los hombros! —escuché a mis espaldas.
De pronto, se posicionó justo detrás de mí para corregir mi postura. Sentí el calor de su respiración cerca de mi cuello y la firmeza de sus manos guiando la posición de mi cuerpo. El roce involuntario de nuestras caderas rompió la última barrera de contención. Ninguno de los dos retrocedió.
Me giré quedando frente a él. Llevada por el impulso y la atracción acumulada durante meses, me lancé a sus labios. Correspondió al beso con una intensidad apasionada, guiándome hacia las escaleras del ring.
En la penumbra del gimnasio, envueltos por la música y el sonido del agua cayendo afuera, dejamos que el deseo marcara el ritmo. Entre caricias firmes, miradas complicadas y un juego constante de provocación, la química contenido durante tanto tiempo se desbordó por completo en una entrega intensa e inolvidable sobre la lona.
El sonido de la alarma nos devolvió a la realidad. La clase había terminado.
Al salir, el entrenador me esperó en la puerta y, con una mirada cómplice, me dijo al oído: —Esa postura mejoró notablemente. Cuando quieras, la volvemos a practicar.
Sonreí, le agradecí y salí a la calle justo cuando la lluvia comenzaba a ceder.
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