Alicia ya lo tenía decidido: dejaría el trabajo. Estaba harta. Harta de las absurdas tareas que le encomendaban, del miserable sueldo, de las envidiosas miradas de sus compañeras, y sobre todo, del asqueroso jefe que la observaba con ojos lascivos, sin pudor.
Un día, cuando él se pasó de la raya, Alicia le dejó claro que no toleraría ni un solo gesto más. Desde entonces, nunca volvió a tocarla, pero el simple hecho de cruzarse con él le revolvía el estómago. Veía cómo ahora sus atenciones se dirigían a otras compañeras más tímidas, y eso solo reforzaba su deseo de marcharse.
Nada la motivaba a seguir: ni el sueldo, ni el ambiente, ni el inhumano horario, ni las horas de tráfico para llegar a la oficina. Lo único que lograba arrancarle una sonrisa era la presencia del gerente y consejero delegado: Alberto.
El encanto de Alberto
A sus treinta y tres años, Alberto había heredado la empresa tras la repentina muerte de su padre. Tenía carisma, era justo y educado, y trataba a todos con respeto. Pero lo que realmente atrapaba a Alicia era su atractivo. Alto, de hombros anchos, cabello cuidado y unos ojos que parecían detener el tiempo, su sola presencia era un deleite. Las telas de sus trajes dejaban intuir un cuerpo trabajado, y en más de una ocasión Alicia se había sorprendido imaginando lo que ocultaba bajo ellos.
Aunque sabía que estaba fuera de su alcance, disfrutaba del juego silencioso de cruzar miradas en el pasillo o coincidir en el ascensor. Nunca hubo más que saludos cordiales y conversaciones triviales, pero en su interior, Alicia guardaba una fantasía que jamás se había atrevido a confesar.
La despedida más inesperada
Esa semana sería la última. El viernes, último día del mes, recibiría su nómina, cobraría las horas extras y se marcharía para siempre. Maletas en el coche, rumbo al sur, buscando sol, nuevas oportunidades y una vida distinta.
El viernes llegó, y Alicia se vistió con un aire más fresco de lo habitual. Cumplió con sus tareas como siempre, hasta que llegó la hora de partir. No pensaba despedirse de nadie… salvo de Alberto. Sentía que él merecía una palabra de agradecimiento.
Golpeó la puerta de su despacho con suavidad.
—Buenas tardes, Alberto. ¿Te molesto? —preguntó con una sonrisa tímida.
—Pasa, Alicia. Y por favor… llámame Alberto —respondió él, con una calidez que la sorprendió.
Se sentó frente a él y le explicó su decisión. Alberto la escuchó con atención, ofreciéndole incluso ayuda para encontrar trabajo en el futuro. Ese gesto, tan genuino, hizo que en su interior algo se removiera. Se estrecharon la mano para despedirse, y cuando estaba por salir, algo la detuvo.
Cerró la puerta de nuevo y regresó hacia él. Esta vez, no se sentó frente al escritorio, sino que lo rodeó hasta quedar a su lado. Alberto la miró con curiosidad.
—En realidad… sí hay algo que puedes hacer por mí —dijo ella, con un tono más bajo, cargado de intención.
La distancia entre ambos se redujo en segundos. Alicia apoyó sus manos sobre el respaldo de su silla, inclinándose lo suficiente como para que sus miradas quedaran alineadas. Pudo percibir su aroma, una mezcla de madera y especias que la envolvió.
—Siempre me he preguntado cómo sería… cruzar esa línea —susurró.
Alberto no dijo nada, pero tampoco se apartó. Su respiración se volvió más lenta, expectante. Alicia, con un gesto suave, deslizó la yema de sus dedos por su brazo, deteniéndose apenas en su hombro. Sentía el calor que desprendía su piel incluso bajo la tela de la camisa.
Un adiós cargado de deseo
El ambiente del despacho cambió. Afuera, el mundo seguía su curso, pero allí dentro solo existían ellos dos y una tensión acumulada durante años. Alicia se inclinó un poco más, lo suficiente para que sus labios rozaran los suyos. Un beso lento, de exploración, cargado de todo lo que habían callado.
El roce se prolongó, y en ese instante ella supo que no había marcha atrás. Sus manos encontraron el camino hacia el cuello de su camisa, jugando con el primer botón, mientras la tela cedía bajo sus dedos. Alberto la observaba con una mezcla de sorpresa y deseo, como si no pudiera creer que aquello estuviera ocurriendo.
El tiempo dejó de medirse en minutos y se convirtió en una sucesión de gestos: un susurro al oído, un roce de labios en el cuello, una caricia que deslizaba la tela hacia un lado… No había prisa, solo la necesidad de memorizar cada segundo.
Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con cierta agitación. Alicia sonrió, esa sonrisa de mujer que sabe que ha hecho lo que deseaba desde el principio.
—Gracias… por ser el único motivo por el que sonreí en este lugar —dijo, antes de encaminarse a la puerta.
Alberto, aún sentado, la siguió con la mirada, consciente de que acababa de vivir algo que difícilmente olvidaría.
—Alicia… —la llamó.
Ella se giró.
—¿Sí?
—Estás despedida… pero espero que esta vez no te moleste.
Alicia rió y salió del despacho. Afuera la esperaba su coche, el camino al sur y la certeza de que había cerrado su etapa de la manera más intensa que podía imaginar.
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