Después de la noche que había tenido, entré en silencio a la casa. El cabello despeinado, la falda mal acomodada y los tacones en la mano me delataban, aunque procuré no hacer ruido. Subí directo a mi cuarto con la intención de dormir unas horas; en poco tiempo debía arreglarme para ir al evento como edecán.
Una ducha rápida me devolvió algo de frescura. Me vestí con el uniforme del día: un short azul que apenas cubría mis nalgas, un top ajustado azul con blanco que realzaba mis senos y unos tenis blancos que completaban el look juvenil. Al verme en el espejo, sonreí: sabía que lucía provocadora.
Ya reunida con las chicas y con Jorge, partimos hacia el evento. Durante el trayecto, mi celular vibró. Era Iván.
—Buenos días, mi puta fresa —decía el mensaje.
Fruncí los labios, sintiendo cómo mi cuerpo reaccionaba solo con leerlo. Antes de que pudiera responder, otro mensaje llegó acompañado de una foto: yo, montándolo la noche anterior, mientras varias manos masculinas recorrían mi cuerpo.
—¿Te gustó que te manosearan? —escribió.
—Hoy serás mi zorra. Harás todo lo que te diga.
El corazón me latía fuerte. Dudé, pero sabía que no podía resistirme. Contesté con un simple “sí”.
En el evento, todo parecía normal: risas, fotos con clientes, roces disimulados de manos masculinas que aprovechaban la cercanía. Pero mi celular volvió a vibrar.
—Mándame fotos de cómo estás vestida.
Me tomé algunas selfies con el uniforme y se las envié.
—Muy bien, zorrita. Ahora quiero que vayas al baño y me mandes fotos más calientes.
Tragué saliva. Sin que nadie notara, me excusé y entré al baño. Frente al espejo, levanté el top y dejé mis senos al descubierto, bajé el short hasta dejar ver mi tanga y me tomé varias fotos. Al enviárselas, su respuesta fue inmediata:
—Perfecto. Ahora búscate un hombre que te desee. Provócalo, haz que te tome fotos y mándamelas.
El mensaje me hizo temblar de nervios, pero también me encendió. La sola idea de provocar a un desconocido y dejar que me usara me empapaba.
Y entonces lo vi. Un hombre mayor, de bigote canoso, mirada morbosa y sonrisa descarada. No quitaba los ojos de nosotras. Cuando se acercó, lo supe: él era perfecto para cumplir la orden de Iván.
—Mamacita, ¿me dejas tomarte una foto? Estás buenísima —me dijo con voz ronca.
—Claro, papito —contesté, posando de forma coqueta.
Su mano se atrevió a apretar mi nalga mientras disparaba la cámara. Yo solté un gemido suave y vi cómo su mirada se encendía. Me incliné un poco más, rozando su brazo con mis senos, y sus ojos me recorrieron con descaro.
—¿Quieres más fotos? —le susurré.
—Las que quieras, preciosa… pero más cachondas —respondió sin dudar.
Lo llevé discretamente a una zona de descarga, detrás de los stands, donde casi no había gente. Apenas llegamos, se abalanzó sobre mí. Sus manos recorrieron mi cuerpo con fuerza, bajó mi top y dejó mis pechos al aire, besándolos con avidez mientras sacaba su celular para capturar cada momento.
Yo estaba excitadísima, pero recordé a Iván. Con el corazón acelerado, le pedí al hombre que también usara mi celular.
—Quiero recuerdos… —le dije con voz temblorosa.
Eso lo calentó aún más. Me bajó el short dejando mi tanga expuesta. Con un movimiento brusco, la rasgó y me la metió en la boca a modo de mordaza. Luego me hizo recargarme contra unas cajas, y con un pedazo de madera que encontró, comenzó a darme nalgadas. Yo gemía entre dolor y placer, y cada golpe me hacía sentir más húmeda.
Le pedí que me tomara fotos mientras me castigaba, y él no dudó. Mandó varias a Iván, junto con un audio donde se escuchaban mis gemidos desesperados. Sentí cómo me hundía en esa mezcla de humillación y excitación.
De pronto me tomó de la mano y me llevó afuera, hacia una combi vieja y maltratada que estaba estacionada en un callejón. Me subió al asiento trasero, me besó con rudeza y me ordenó desvestirme. Obedecí.
Me ató las manos a la espalda con una cuerda y sacó un viejo bastón de seguridad. Con el mango empezó a penetrarme, mientras yo me retorcía de placer y gemía fuerte. Después bajó su pantalón: su verga era corta pero gruesa, y cuando la metió en mi boca la sentí dura y caliente. Me obligó a tragársela toda, y al sacarla me dio una bofetada con ella antes de voltearme y penetrarme por detrás.
El hombre gruñía mientras me follaba con fuerza, yo apenas podía respirar entre los gemidos. En un momento me tomó del cabello y me obligó a mirar hacia la ventana trasera de la combi. Mi corazón dio un brinco: un par de chicos miraban desde afuera, excitados por la escena.
—Tienes público, putita —me susurró al oído.
Eso me encendió todavía más. Mi cuerpo ardía mientras él me embestía con fuerza. Los chicos finalmente se animaron a entrar, sentándose a mi lado para tocarme los pechos y besar mi cuello mientras el hombre me poseía sin descanso.
El orgasmo me explotó en el cuerpo con una violencia deliciosa, y sentí cómo él se corría dentro de mí, dejándome empapada y temblando.
Quedé tendida, desnuda, despeinada, con mis senos marcados por sus manos y mis piernas abiertas. El hombre me arrojó la ropa y se despidió con una carcajada, no sin antes tomarme otra foto desnuda y enviársela a Iván.
Como pude, me vestí. Caminé de regreso al evento con las piernas temblorosas, el uniforme desalineado y la humedad escurriendo entre mis muslos. Cuando tomé el celular, un nuevo mensaje de Iván apareció:
—Muy bien, sumisa. Mañana paso por ti. Vístete como la puta que eres… te llevaré a mi trabajo.
Mi cuerpo volvió a estremecerse. Sabía que esa era apenas una de tantas aventuras que me esperaban.
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