El reloj de pared de la sala tiene un tic tac irritante que solo escucho cuando la casa está en completo silencio, justo antes de que el ruido del tráfico de la Ciudad de México se vuelva insoportable. Me paso la mano por la nuca, sintiendo la humedad del cabello que aún no termino de secar, y me miro al espejo. Hay una curva en mi abdomen que la ropa no logra disimular y que, aunque no es un problema, me hace sentir que el tiempo ha empezado a cobrarme facturas que no quiero pagar. Me pregunto si alguien nota que mis hombros ya no son tan firmes o si simplemente soy una mujer más en el montón de las cuarentas, invisible para el resto del mundo.
Llego al gimnasio justo cuando el aire acondicionado empieza a pelear contra el calor pegajoso. El olor a caucho y desinfectante me recibe mientras dejo la bolsa en el locker. Me muevo entre las máquinas con una rutina automática, evitando mirar demasiado a los demás, aunque siempre termino fijando la vista en los reflejos de los espejos, buscando algo que no sé definir.
—¿Otra vez peleando con la prensa, Claudia?
Me doy vuelta y ahí está él. Jonathan tiene esa sonrisa que parece no esforzarse en nada, apoyado en una máquina con una toalla blanca colgada al cuello. Tiene una barba ligera, apenas unos trazos oscuros que le dan un aire descuidado pero limpio, y unos ojos que parecen analizarme sin juzgarme.
—Más o menos, alguien la dejó mal ajustada —le contesto, soltando un suspiro que hace que mi pecho suba y baje bajo el top deportivo.
Se acerca sin decir nada, y el espacio entre nosotros se reduce. Jonathan estira el brazo por encima de mi hombro para alcanzar la palanca de ajuste; el roce es mínimo, pero el calor de su antebrazo contra mi piel me hace contener la respiración. Me quedo quieta, sintiendo el peso de su presencia detrás de mí, casi envolviéndome.
—Listo, ¿qué peso le pongo?
Me muevo un poco y el roce de su brazo contra mi espalda me provoca un escalofrío que no tiene nada que ver con el aire acondicionado.
—Algo facilito, que no quiero quedar sin poder caminar —le digo, tratando de que mi voz no suene tan agitada.
Él se ríe, un sonido bajo que vibra en el aire. No se aleja. Se queda ahí, parado justo detrás de mí. Me apoyo en el respaldo y empiezo las repeticiones. Noto que Jonathan no aparta la vista. No es una mirada obvia, de esas que incomodan, sino más bien un escaneo lento, como si estuviera comprobando que todo esté en su lugar.
—Te falta bajar un poco más el torso para que no te lastimes la espalda —me dice, y antes de que pueda responder, pone sus manos sobre mis hombros.
Siento la presión de sus dedos, fuertes y seguros, empujándome suavemente hacia atrás. El contacto es firme y prolongado. Mi respiración se vuelve pesada y el ritmo del gimnasio se convierte en un ruido blanco lejano. Sus manos se quedan ahí un segundo más de lo necesario para una simple corrección técnica, y yo no hago absolutamente nada para apartarlo.
El roce de lo prohibido
Las siguientes semanas se vuelven un juego de acercamientos calculados. Nos empezamos a buscar sin decir una palabra, coordinando nuestros horarios. Me gusta cómo me mira cuando cree que no me doy cuenta; no mira mis inseguridades, sino que recorre mis curvas con una curiosidad que me hace sentir, por primera vez en años, que mi cuerpo todavía tiene un lenguaje que alguien quiere aprender a leer.
Hoy el calor de agosto es sofocante, una masa pegajosa que se siente hasta en el estacionamiento. Salgo del gimnasio sintiéndome exhausta pero eléctrica. Estoy buscando las llaves en la bolsa cuando Jonathan aparece detrás de mí.
—Estás muy distraída hoy, Claudia —me dice, y su voz suena más ronca que de costumbre.
Me detengo en seco y lo miro. Hay algo en su postura, una seguridad que me intimida y me atrae a la vez, que me hace sentir expuesta bajo el sol del mediodía.
—No estoy distraída, solo que hace un calor insoportable —le respondo, aunque el corazón me late tanto que siento que se me va a salir por la boca.
Jonathan no se ríe esta vez. Se acerca tanto que puedo sentir la irradiación de calor de su cuerpo. Me queda mirando los labios y, sin decir una sola palabra, acorta la distancia. Sus manos se posan en mi cintura, apretando con una firmeza que me deja sin aire. Me pega a él y el roce es eléctrico. Me besa y yo solo me dejo llevar, sintiendo un choque de intensidad que me hace soltar las llaves al suelo con un tintineo metálico que ignoro por completo.
Me separo un milímetro, jadeando.
—Jonathan… —trato de decir, pero la frase se queda a medias porque él vuelve a buscar mi boca, más lento ahora, saboreándome.
Me separo bruscamente, no por rechazo, sino porque el espacio abierto del estacionamiento me empieza a dar pánico. Me agacho rápido para recoger las llaves del piso. Él se queda ahí, mirándome con una mezcla de triunfo y curiosidad.
—Nos vemos mañana —le digo, tratando de recuperar la dignidad. —Si quieres, podemos seguir la plática en otro lado que no sea el estacionamiento —me dice él antes de que cierre la puerta, con un tono que suena a invitación y a desafío.
Esa misma tarde, con los dedos todavía temblorosos, le escribí: «Mañana después del gym, ¿un café?». La respuesta llegó en segundos: «Me parece perfecto. Tú eliges el lugar».
La caída de las barreras
Al día siguiente, Jonathan llega puntual al café, vistiendo una camisa blanca sencilla. Se sienta frente a mí y la tensión del estacionamiento sigue ahí, flotando sobre la mesa.
—Te ves muy diferente fuera del gimnasio —me dice, apoyando la barbilla en su mano. Sus ojos recorren mi vestido ligero—. Te ves muy guapa, Claudia.
Extiende la mano y, con una naturalidad que me deja sin aliento, roza la parte posterior de mis dedos con los suyos. El contacto es breve, pero la temperatura de su piel me provoca un escalofrío.
—Me gustas, Claudia. Mucho —me dice, y su voz ha bajado un tono, volviéndose más densa, casi un secreto.
Me gana el impulso y, sin pensar en quién nos mira, me inclino hacia adelante y le tomo la mano. Me acerco a él, rompiendo la distancia de la mesa, y le doy un beso rápido. Él responde al instante.
—No creo que podamos terminar el café aquí —le susurro al oído.
El trayecto en mi coche es un suplicio de anticipación. Llegamos a mi departamento en silencio, subimos el elevador y, en cuanto la puerta se cierra detrás de nosotros, el aire se vuelve insuficiente. Él me empuja suavemente contra la pared del pasillo y me besa con una urgencia que me hace arquear la espalda.
Lo llevo al cuarto a tropezones, riendo con una mezcla de nervios y hambre. Me deshago del vestido, dejándolo caer al suelo, y me quedo solo en ropa interior. Jonathan se detiene un segundo, recorriendo mi cuerpo con una mirada que no es la de un muchacho distraído, sino la de alguien que sabe exactamente lo que quiere. No hay juicio en sus gestos, no hay rastro de esa edad que tanto me acomplejaba frente al espejo; solo una admiración cruda que me hace sentir abrumadoramente deseada.
Me jala hacia él y se posiciona cerca, hundiendo el rostro en mi cuello mientras sus manos empiezan a explorar mis curvas con urgencia.
—Estás increíble, Claudia —me dice contra la piel, con la voz rota—. No tienes idea de cuánto tiempo me dieron ganas de hacer esto.
Sus palabras me dan la seguridad final que necesitaba. El peso de mis cuarenta y tres años, las inseguridades de la mañana, la diferencia de edad… todo se disuelve entre las sábanas. La fricción de nuestra piel, la urgencia de sus manos marcando mi cintura y la respiración entrecortada que llena la habitación me confirman algo que había olvidado: la juventud no es un número, es la intensidad con la que te permites ser consumida por el deseo. Y en esa habitación, bajo sus manos firmes y su mirada devoradora, me sentí la dueña absoluta del tiempo.
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