Era dos hermanas. Eran conocidas en las fiestas de la universidad. La mayor de ellas de esas que diosito hizo de a una. La menor, un poco falto de todo, pero linda de cara, la Consuelito le decíamos. Eran conocidas por ser buenas para el “atraque”, iban a cualquier rincón oscuro. En fiestas de sábado que tenía auto las iba a dejar. Adelante la mayor. Atrás la Consuelito.
En primer año besitos y manoseo, en segundo ya se dejaban abrir la blusa y te bajaban el cierre del pantalón, pero los bluyeans de ellas eran peor que cinturón de castidad. En cuarto año las perdí de vista. Decían que la mayor dejó los estudios y se casó con un militar y la Consuelito se recibió y se casó con un comerciante conocido.
Yo estaba trabajando en el puerto cuando bajo el sol de medio día y entre camiones, containers y grúas, con casco, lista de chequeo en la mano y zapatos de seguridad, unos bluyeans strech con un culito todo respingón se paró delante de mi camioneta. “Con gusto te paso por encima” le grité “pero sin la camioneta”. Y se dio vuelta y era la Consuelito. Iba a ese terminal portuario por mercadería de la empresa del marido, y de ella. Abrazo. Risas. Y te paso a buscar a la noche.
Le iba a decir “para recordar viejos tiempos” pero me quedé callado mejor.
Pasé por ella. Ya no era la Consuelito de hace diez años, tenía mas para agarrar e igual de bonita. Iba cada 15 días a recoger mercadería por las mañana, y luego se aburría en ese terminal portuario con bares de marinos y estibadores que toman ron con prostitutas, y ella encerrada en una residencial de mala muerte desde las 4 de la tarde, haciendo hora para volver de madrugada a la ciudad en el primer transfer. Continuaba casada con dos hijos, “toda una monja” me confesó con una mirada de víctima.
La cita terminó temprano, mas, cuando diosito quiere que las cosas se den… “la próxima vez vamos a tomarnos un trago a esos bares de marinos, claro, si te atreves, pero tienes que vestirte para la ocasión” la tanteé. Los años de matrimonio no le habían quitado esa media sonrisa, ladiada, de calentona, “vamos”, me respondió decidida. “Acuérdate que ya estoy casada” agregó, y no entendí si eso sería un pase libre o un no te hagas ilusiones. Pero era la oportunidad de quitarme las ganas con la Consuelito. Aunque sea en la camioneta del trabajo. Esperar dos semanas no era nada.
Dos semanas después, cuando ese anochecer la pasé a buscar a la residencial era la Consuelito de la universidad con 20 años de uso. Una prosti de cualquier oscura cantina de puerto. Blujeans ajustadísimos con un culo que parecía hinchado, (después supe que se había puesto relleno), tacos altos rojos y una blusa blanca estrecha por la que se escaba el borde del sostén negro. En el espejo de la camioneta se terminó de embarrar la cara.
— “Lo que hay que hacer para ir tranquila por un trago en este puerto del infierno” me dijo mientras se encaramaba arriba de la camioneta “y no te hagas ilusiones, que soy casada” agregó con esa ligereza que le recordaba de cuando estudiábamos.
— Yaaaa pero besos y abrazos no sacan pedazos…, recuerdas…? Me lo dijiste una vez en la universidad.
— Tienes buena memoria.
— O tu eres inolvidable
— No me vengas con pendejadas, yo solo era el consuelo del que no se agarraba a mi hermana.
— Pero resultaste ser la que se convirtió en princesa, como en el cuento.
Recorrimos bares de ampolletas amarillentas, de marineros griegos, mecánicos rusos y mesas cojas, con música de wurlitzer y prostitutas en los rincones. Cuando regresábamos pasada la medianoche me detuve frente al mar, delante de un roquerío apartado y oscuro. Puse música, corrí y recosté el asiento y sin preguntas ni dudas la pase arriba mio. Besos y un buen manoseo en la oscuridad. Y sacó el premiado regalándole una chupada memorable. Con una gracia que no había perdido me hizo terminar en su boca y abrió la puerta y lo escupió afuera sin ninguna fineza. Y volvió a meter su carita de ángel entre mis piernas, limpiarme bien con su lengua, mirarme traviesa con su dulce sonrisa desde allí abajo y volver a abrir la puerta y terminar de escupir afuera.
— “Perdona pero tragármelo me da dolor de estómago” me dijo con su boquita de chupona, su nariz fina, su pintura corrida y sus mejillas rozadas. Los dos autos que habían en las cercanías cuando llegamos se habían ido.
La segunda vez que salimos, quince días mas, repetimos el recorrido. En el segundo bar que entramos después de medianoche, cuando me paré a buscar unos tragos, un tipo se le acercó, le dijo algo y se fue. Estaba agitada cuando regresé. “Me preguntó si estaba ocupada después de ti, que pagaba en dólares”. Estaba roja y no era de vergüenza, se daba cuenta como la miraban desde otras mesas grupos de portuarios y marineros. Nos terminamos los tragos y salimos. “Estaciónate donde la última vez” me dijo.
— “Busquemos un motel mejor” le propuse pero no insistí. En una de esas se arrepentía y eran muchos años de espera.
Cuando llegamos solo un auto estaba a unos metros y dejaba adivinar la lumbre de un cigarro.
— “Esto está vacío y oscuro como cementerio de noche” me dijo tomándome del brazo.
— “Será por los entierros” le dije.
— “Imbécil” me respondió mientras se pasaba atrás por entre los dos asientos. Se desabrochó el pantalón y se quitó por sobre la cabeza la blusa ajustada y con ambas manos atrás se soltó el brasiere que tenía rellenos mientras me pasaba atrás y ponía seguro a las puertas. Me desabrochó la camisa y me bajé los pantalones y me la monté delante. El cabello no le alcanzaba a tapar su largo cuello. Los brazos delgados abiertos los apoyaba en el respaldar de los asientos delanteros ofreciéndome las tetitas duras y paradas. Le hundí mi cara en sus pechos lamiéndoselos, chupándoselos como chanchito lechón mientras la manoseaba hasta el alma misma. Los pezones rosados los tenía hinchados y al mordisqueárselos echaba la cabeza atrás gimiendo mientras refregaba la cadera sobre mi entrepierna.
Había llegado el momento. Le puse las manos en las caderas, metí mis dedos dentro de sus pantalones e hice presión hacia abajo. Hasta allí había llegado hace miles de años atrás cuando me dejaba el pelo largo, usaba colonia de mi padre y paseaba por meses condones sin uso en los pantalones.
Y esta vez sí se enderezó, por fin, sí, se dejó que le bajara todo mientras me comía la boca.
La Consuelito era caso de registro en esos momentos: tanto disfrazarse de puta, tanto abandono del marido obsesionado por los negocios, tanto trago esa noche, tanto estibador sudor y músculos por su lado cada mañana, el que le ofrecieran pagarle por llevársela a un motel de mala muerte, que solita se abrió de piernas y se montó arriba mio toda peladita. Se colgó de la protección antivuelco del techo de la camioneta con ambas manos, e hizo bailar su cintura, refregándose, buscando ensartarse mientras me miraba fijo y se mordía los labios. Cuando logro encajárselo cuan largo es, y no es corto mi amigo, respiró cual ahogada y abría la boca como si quisiera morder el fierro en que se sujetaba. La agarré de las caderas, me la apreté y le mordí los pezones casi con maldad. La Consuelito era un manjar de dioses, apretadita por dentro, gemía como perrita y colgada de la barra de protección hacia bailar las caderas refregándose como ángel desesperado. Se notaba que hace mucho mucho que no le pegaba una buena repasada. La teterita que había sido en la universidad estaba ahora hirviendo que rebalsaba.
Los gemidos eran ya ahogo y perdía el control de sus caderas cuando un golpe secó remeció la camioneta. Los vidrios empañados impedían ver hacia la oscuridad pero una voz sonó clara y rotunda: “Baja el vidrio o te lo reviento”. Las llaves estaban en mi pantalón agarrado a uno de mis zapatos. La Consuelito se tapaba el pecho y se dejaba caer en el asiento al lado mio con ojos de espanto.
Un segundo golpe en la puerta con una roca quizás, “baja el vidrio o la cosa se pone fea, muy fea” amenazó de nuevo. Y fue ella que estiró el brazo sin dejar de cubrirse con la blusa y bajó el vidrio solo unos centímetros, mientras se ponía los pantalones y yo buscaba las llaves en los míos.
Dos hombres se adivinaban en la sombra. Uno viejo de gorro de lana mostró un peñasco y el otro encendió unos papeles y amenazó “Abre la puerta o quemo la camioneta”. Cuando acercó el fuego a la parte baja de la camioneta miré a Consuelo que asintió con la cabeza y bajó el seguro mientras se terminaba de subir los pantalones.
— “A ver que nos tocó, pasen los celulares”, ordenó un viejo de 90 kilos tosco y mal vestido. El otro rodeo la camioneta y cuando abría la puerta de mi lado le tiré una patada y la alcanzó a cerrar de golpe. Todos sentimos como sonó el hueso. “Uno menos” dijo el viejo y luego “ahora sacamos la plata de la billetera, les guardamos los celulares” y mirando a la Consuelito “y la piruja esta nos entretiene un rato y nos vamos. Eso por las buenas. Y por las malas, igual, pero le sacamos unas fotos charqueamos neumáticos, y podemos llamar a unos amigos que tienen mejores ideas”.
— “Noooo, no. Por las buenas, por las buenas, hay plata en mi billetera, tómenla toda, y sí mi celular, pero déjennos ir. Tiene el pie roto. Por favor, ustedes son padres seguro, por sus hijos, déjennos ir” rogó la Consuelito apretando la blusa contra sus pechos.
— “Pero si tu eris la putita nueva, y no te cuida nadie que sepamos… aunque de verdad no pareces puta y le metió el dedo entre la blusa con que se tapaba el pecho, muy blanquita y olorosita. Y estas tarjetas y esta cartera y este celular no es de puta de puerto”, dijo el viejo de gorro de lana sonriendo.
— “Si, si soy nueva, vengo de la ciudad, necesito plata, por favor señor, déjenos ir”, la medio escuchaba suplicar sentada junto a la puerta casi perdida la consciencia por el dolor por el pie que me colgaba desarticulado afuera de la camioneta. El mozito del viejo con una huincha de embalaje me amarró las manos y luego las ató al fierro del techo de la camioneta. “te cagaste la pata” me dijo.
— “Qué decís tu viejo, es puta o no la huachita?”
— “Vamos a tener que probarla no mas”, y la bajó de la camioneta agarrandola de un brazo, le quitó la blusa que atesoraba en su pecho
— “Chicas las tetas putita, no alcanzan para una paja rusa, así que parte con una mamadita. Y si haces buen trabajo te dejo ir”.
— “De verdad, nos dejas ir?”
— “Claro, soy padre también, no es cierto?” le preguntó riéndose al mozito que había dado la vuelta y apoyado en la camioneta la miraba con hambre.
Desde el otro rincón de la camioneta alcanzaba a ver en las sombras la espalda de la Consuelito que se había acercado al viejo y con su mano delgada y pequeña le sobaba la entrepierna. Se dejó caer de rodillas y le abrió el pantalón. La poca luz interior de la camioneta dejó apenas ver, frente a la cara de ella, colgando, floja aún, la verga gruesa del hombre. “Espéra”, le dijo a media voz y se enderezó, se dio vuelta y sacó de la puerta de la camioneta ese desinfectante sin alcohol que quedara en todo auto de recuerdo de la pandemia. Se volvió a arrodillar cubierta solo por sus pantalones y lo esparció con ambas manos haciendo que el pedazo de carne comenzara a crecer rojo y duro. Medio veía que lo acercó a su cara y a su cabeza hundirse en la entrepierna. Se detenía lo sobaba con esmero y volvía a hundir su cara en él. Se esforzaba. Quizás tenía la esperanza que terminase ahí.
El hombre un vulgar maleante de playa con los pantalones abajo ya y la camisa colgándole la pescó del cuello, la puso de pie y le dijo “ya, ahora tu” y la Consuelito se volvió a sacar los pantalones esa noche, ahora de espalda a mi. Tenía un culo Triple A, Cinco Estrellas, que en la oscuridad le brillaba como hecho en mármol y hacía que me olvidase del dolor.
El mozito al verla desnuda se le acercó por detrás y le agarró las nalgas, “buen culo, y es blanquita” decía mientras la manoseaba a un paso de la puerta abierta de la camioneta. El viejo del gorro de lana la mantenía agarrada del cuello, y bajó la otra mano y se la metió en las piernas llegando a levantarla. Le agarró sus teticas blancas y paradas, le pellizco las mejillas, le metió los dedos en la boca, la manoseo a su gusto y le dio dos tres cachetadas advirtiendole «te vay a portar bien hoy día conmigo piruja, quiero que me hagai sudar como caballo de bandio» y en medio de los dos hombres desnuda movia la cabeza diciendo si, si. Y la agarró del pelo y le escuche decir: “me la voy a tirar aca adelante, quiero saber que gracia tiene eso de culiar en el asiento del chofer” y sin soltarla del pelo se subió en el lugar del chofer, corrió hacia atrás el asiento y lo reclinó. “Ya puta, encarámate. Acá encima te quiero” Y la Consuelito obediente y entera peladita se asomó a la puerta, se encaramó, levantó una pierna y se le montó encima.
La cabeza del viejo y la cara de ángel caído de ella quedaron a centímetros de la mia. En un instante se cruzaron nuestras miradas y dibujó una mueca que pretendió quizás ser una sonrisa, se mordió los labios y como concentrada en lo que hacía cerró los ojos y pude medio ver en la oscuridad que arrugaba la frente mientras con una mano se apoyaba en el pecho de él, con la otra se ayudaba a clavárselo.
Quedó montada sobre él viejo con las puertas abiertas de la camioneta. A lo lejos, muy lejos, por la carretera como luciérnagas pasaban otros autos y la tenue luz interior de la camioneta solo era visible un par de metros a nuestro alrededor. Mejor se escuchaba la respiración de ella cada vez mas agitada y los resoplidos del viejo que se la gozaba. La luz amarillenta le recortaba solo el borde de su cuerpo, los brazos largos, los hombros pequeños, la cintura perdida en la oscuridad, la cadera y las piernas redondas duras y blancas dobladas sobre el borde del asiento que como resortes la subían y bajaban de esa verga que la atravesaba. Veía cada detalle de la mitad de su cuerpo de la Consuelito en la penumbra clavarse lenta, rápida, restregarse y girar lujuriosa en un tiempo que se media en gemidos, entrega y cansancio, un tiempo muy largo que atestiguaba la traspiración, la desvergüenza y los quejidos que ocultaba la sombra.
Debió de haber pasado mucho tiempo porque el dolor del pie se hacia tolerable y ella se acomodaba una vez mas, se había enderezado y le había puesto las manos sobre los hombros y le movía delante y atrás las caderas refregándose, dejándole los pechos a centímetros de su cara, casi metiéndoselos en su boca. Las manos de él la apretaban por sus nalgas, por la cintura, por las piernas y ella le seguía el ritmo con sus caderas y volvió a enderezar su cabeza de chancho para chupar con maldad un pezón, luego el otro. Le restregaba la áspera barba de días por los pechos que le quedaban rojos y la sujetó con ambas manos por los hombros y comenzó a hundirla, a clavárselo mas y mas mientras ella casi rosándome agachaba la cabeza y exhalaba descompuesta, se mordía los labios con sus ojos cerrados y tiritaba cuando se dejó caer en el pecho de él, perdida, agotada, rendida ya respirando a centímetros mios pero esposada por sus brazos. La boca le tiritaba cuando se enderezó ofreciéndole sus delicadas tetitas blancas nuevamente, y volvió a jadear encorvada para volver a clavarse en él y no podía ocultar la vergüenza de que el calzoncillo se me levantase.
No me había percatado que el mozito que me amarrase se había acercado a la puerta abierta y llevaba tiempo de manosearle las piernas, la cintura, de meterle mano hasta su culo y repasarla por la espalda. El viejo que se la había echado encima la disfrutaba con maldad y sabía que se esforzaba para hacerlo terminar luego, y la detenía. “tranquila putaza tranquila, que no todos los días me pagan por culiarme a una puta” y le restregaba la lengua por la cara y la Consuelito se estremecía. El viejo era duro y no se dejaba llevar por la calentura. Los manos toscas y grandes engarfiaban la cintura de ella, la subían y la bajaban con fuerza clavándosela
Un golpe sonó secó y breve y la Consuelito se enderezó como atravesada por electricidad y luego otro mas fuerte que el primero, “disculpa viejo pero tiene el culo blanquito y parado” dijo el mozito parado en la puerta de camioneta desde donde la había azotado. “Sigue no mas, si le gusta” y entonces le tomó la cabeza por detrás para hundir la cara de la Consuelito en su axila y ordenarle: “lame puta, lame”. Y la cara de la Consuelito se hundió allí y su cuerpo saltaba rebotando sobre el hombre y sus uñas se incrustaban en la espalda del viejo que la encerró con sus brazos, mientras el otro, de debajo de la camioneta le pegaba en el culo con la mano abierta dejando sus dedos impresos en la blanca piel de las nalgas. La Consuelito echaba la cabeza abajo, respiraba con sus ojos cerrados y movía sus caderas desbocada, se refregaba delirante contra la entrepierna de él. Con la luz pobre y amarillenta se veía roja, trémula, su cabello delgado se le pegaba a la frente por la transpiración, la nariz dilatada y a pocos centímetros de ella tuve el presentimiento que era calentura. Y me sentí mal. Muy mal. Cerré los ojos. Pero no podía evitar el movimiento de la camioneta, el olor a sudor, a la Consuelito jadeando de cansancio pensaba. La Consuelito que le adelantaba el hombro y le metía el pezón en la cara, en la boca de él, y luego el otro, y en un momento me miró, se enderezó, cerró los ojos y se clavó en él, tres cuatro veces jadeando y sintió que la llenaban, que invadían su cuerpo y respiro profundo y se refregó sobre el hacia abajo, lenta, saliéndose hasta apoyarse en el manubrio de la camioneta. Las gotas de sudor le humedecían la frente, le brillaban entre sus senos rojos de tanto magreárselos.
Lenta se bajó de la camioneta y se debió apoyar en la puerta trasera aun abierta. Sacó papel de un bolsillo de la puerta y se metió la mano en la entrepierna sin decoro alguno, y se limpió, dos tres veces, no se percató que el mozito estaba a su espalda y sin darle respiro la agarró como garfio del cuello, la puso frente al asiento trasero, la dobló dejándola boca abajo sobre él y tras ella se bajó el pantalón.
Quedó a mi lado, su cara doblada apoyada en el asiento y sus brazos estirados hacia mi. Me había soltado del techo pero aun tenía las manos atadas. Le tomé las de ella. Su cara estaba sobre la tela del asiento, la pintura corrida los ojos hinchados, roja con su pelo delgado transpirado me miró quizás ansiosa, asustada. Me apretó las manos y sentí su cuerpo transmitir las embestidas con que la penetraba el mozito, la golpeaba sistemático, implacable y duro sujetándola de las caderas.
Se quitaba las ganas como lo haría con una oveja, con una burra, y cada tanto le azotaba con una palmada “vamos puta, grita, grita como berraca”, y la volvía a azotar las nalgas llegando a levantarla con cada palmada. Y levantó la vista y me miró y sentí sin ninguna duda ya que estaba a punto de un orgasmo. Bastó que nos miráramos para entenderlo. “no quiero que se den cuenta” me suplicó en un susurro.
–“Es que ya se dieron cuenta” le contesté y bastó para que y se mordiera los labios y dejara de respirar y se fue resbalando y sus caderas saltaban con espasmos mientras roncaba, roncaba como desquiciada en un orgasmo que era mas grande que ella, impensable en la muñeca que en verdad era. Fue como si escupiera no solo sus entrañas sino su vida entera. Y lo sintió el mozito que desde atrás seguía perforándola, quizás no, pero terminó casi junto con ella. Se lo dejó dentro riéndose “si, en verdad una puta, o no viejo?, toda una puta” y luego lo sacó lo refregó entre las nalgas de ellá limpiándose y se subió los pantalones.
Sacaron el dinero de las billeteras y se llevaron los celulares. Ella se recogió lenta. Se volvió a limpiar la entrepierna ahora de espaldas a mi. Se vistió temblando aun. Me ayudó a entrar la pierna, se limpió la cara, se tomó el pelo y condujo hasta la posta de emergencia donde me pusieron una bota hasta la rodilla y ella pidió un baño.
Luego fuimos a un retén de la policía a dar el parte por robo, dijimos a la salida de un minimarket y omitimos lo demás. Y antes de que volviese a la posta la acompañé a esperar el transfer de las cinco de la madrugada en el que partió deshecha.
Continua…
Esta historia me la grabó y envió un amigo de Chile. A su petición transcribí la primera parte, hice unos cambios y la publico. Si hay algún error seguro es mio. Si tienen un comentario pueden escribirme a faglar2244 arroba hotmail con gusto contestaré. .
Descubre más desde Afrodita Sex Shop Cuba
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


