El Vicio Oculto de Mi Compañera de Piso: Secretos Bajo el Techo Compartido

Relato erótico real: el vicio oculto de una compañera de piso

Hoy os contaré esta anécdota, de la cual ya hace un tiempo, pero que ocurrió en realidad.

Me encontraba viviendo en un piso compartido. Hacía un par de meses que había entrado, y en total éramos cinco jóvenes allí viviendo: tres chicas y dos chicos, contándome a mí. Cada uno con su historia: algunos porque estudiábamos, una de las chicas por trabajo… El caso es que todos convivíamos y, aunque no siempre coincidíamos, se respiraba un buen ambiente en general.

Una de las chicas se llamaba Nuria y, aparte de estar estudiando unas oposiciones, a veces hacía trabajos de venta ambulante para sacarse un dinero y poder ir tirando. Era una chica simpática, aunque algo gordita, que de primeras no llamó mi atención.

Un viernes por la noche, me encontraba en el comedor con el portátil, revisando unos apuntes —pues yo estudiaba mi carrera— y me había quedado a solas con Nuria, que se encontraba repantigada en una butaca mirando hipnóticamente su móvil, reel tras reel. De fondo estaba puesta la tele, y siendo ya más de las once de la noche, comenzó una película con alto contenido sexual.

—¡Uy! Menuda película —exclamó Nuria, haciéndome mirar a la pantalla del televisor, donde una pareja se estaba enrollando—. Y yo que hace meses que no veo a mi novio —rió.

—Vaya, se lo están pasando bien —añadí por decir algo, dejando mi portátil a un lado, ya agotado por la hora que era.

—Ya ves, que te pongan pelis así cuando estás a dos velas es una mierda —protestó Nuria—. ¿Y tú? ¿Tienes novia que te dé alegrías?

—No, en estos momentos no estoy con nadie. Me paso el día centrado en los estudios y no tengo tiempo —le expliqué.

—Uf, pues yo no sé si aguanto con esta peli delante. O cambias o me voy a tocar —dijo, mientras en la escena se veía cómo el sexo entre los protagonistas se ponía más caliente—. ¿Te importa si lo hago?

—No, qué va —dije, algo asombrado, mirando a ver qué hacía Nuria.

Ella se acomodó y deslizó su mano dentro de su negro pantalón para acariciarse su sexo. Yo iba intercambiando la mirada entre la peli y Nuria, que me quedaba a un lado, en otra butaca, y escuchaba cómo comenzaba a jadear.

—Esta peli ya la vi hace tiempo y me pone mucho, está muy bien —me explicaba Nuria con la voz entrecortada—. ¿Y tú? ¿No te animas? —me preguntó—. Por mí no te cortes, que estamos entre colegas…

La verdad es que entre la peli, el morbo de ver a Nuria masturbarse al lado y que llevaba una semana con tantos estudios que no había tenido tiempo ni de pajearme, estaba comenzando a tener una notable erección en el pantalón. Aún no se me había ocurrido sacarme la polla para pajearme con mi compañera de piso, pero su invitación me resultó de lo más morbosa, pues nunca antes había hecho algo así.

Llevé la mano a mi entrepierna y acaricié mi paquete para comprobar su grado de dureza y sopesar mis opciones. ¿De verdad me atrevería a sacarme la polla allí en medio?

—Mira cómo disfrutan esos desgraciados —dijo Nuria, que había acelerado el ritmo de su mano dentro de sus pantalones—. Quién pudiera estar en su lugar, que es viernes, ¡joder!

Ya que su butaca estaba ladeada y ella desde su posición no me veía directamente, al quedar yo un poco más atrás en el sofá grande, decidí sacarme la polla y manosearla un poco tímidamente, mientras ambos seguíamos viendo la tórrida escena. Toda aquella situación me estaba dando mucho morbo.

Pero como si Nuria hubiese detectado mis movimientos, de pronto giró su cabeza para ver qué hacía y me pilló con la polla en la mano.

—¡Hostia! —exclamó—. ¿A ver? —dijo dando un salto de la butaca y acercándose a mí—. Menuda pollaca, ¿no? —dijo mirando mi polla, que ya estaba lo más dura posible.

—¿Sí? ¿Tú crees? —le respondí.

—La de mi novio es más o menos la mitad y solo he estado con él, así que la tuya me parece bien grande —me explicó—. ¿Te la has medido alguna vez? ¿Cuánto te mide? —preguntó muy curiosa.

—Pues unos 18 cms más o menos.

—Uf, qué cosa tan tremenda, pues —dijo sentándose a mi lado sin apartar su mirada de mi polla erecta—. Yo soy fiel a mi novio, Dios me libre de engañarlo, no tendría sexo vaginal con otro hombre, pero, ¿me dejarías chupártela un poco para ver cómo se siente? —me preguntó.

—Pero, ¿y chupármela no es serle infiel? —inquirí.

—No, para mí ser infiel es el sexo vaginal, pero chuparla… cuántas cosas nos llevamos a la boca a lo largo del día. Si tuviéramos que mirar eso… además yo soy muy glotona, ya me ves que no me gusta tener la boca quieta —dijo en referencia a sus kilos de más.

—Si me la quieres chupar un rato, no te voy a decir que no. Mira cómo estoy… Es más, será un placer —le respondí.

Y dicho y hecho, Nuria se colocó entre mis piernas y, sin más miramientos, sujetó mi miembro con una mano y lo engulló dentro de su boca para comenzar a chupar con ansias y muchas ganas. Yo la miraba fijamente, disfrutando de todo el placer que me daba, notando cómo ella también estaba entusiasmada con la mamada, a juzgar por las succiones y los chupetones que me daba, que rompían el silencio de la estancia.

—Hmmm, qué rica —atinaba a decir entre murmullos con la boca llena de polla.

Me estaba excitando tanto la situación que me hubiera corrido en ese mismo instante en su boca y lo hubiera disfrutado un montón, pero quería durar y prolongar la situación y el placer que ella me daba. Aun así, había momentos que me costaba controlar para no correrme.

—Despacio —atiné a decir—. Tampoco hay prisa…

—Uf, es que me encanta chuparla y nunca había chupado una así de grande, entiéndelo —dijo volviendo a meterse mi polla en la boca.

Con una mano sujetaba la base de mi miembro, mientras que la otra se apoyaba en mi pierna izquierda, casi clavando las uñas por instinto. Mi polla entraba y salía de su boca, bañada en saliva, con los leves reflejos que producía la tenue y cálida luz de la lámpara de pie del comedor, que solíamos encender por las noches.

—Uf, no puedo más, me voy a correr —le avisé, sintiendo una descarga creciente de placer que subía por mi espalda.

—Uhú —Nuria murmuró algo, pero siguió chupando sin control mientras que comencé a gemir más fuerte y a correrme dentro de su boca, mientras ella seguía chupando. Al notar mi corrida, Nuria comenzó a gemir también, pero no dejó de chupar, asegurándose de que nada escapara de su boca.

Aunque durante el orgasmo, en pleno torrente de placer suelo cerrar los ojos, aquí hice el esfuerzo de abrirlos para poder apreciar cómo Nuria me seguía mamando mientras me corría y le llenaba la boca con mi semen, un espectáculo glorioso que nunca olvidaré.

Pasado ya el éxtasis, Nuria siguió mamando un ratito más, esta vez ya más despacio, incluso sacándola de la boca y apretando la punta para ver si aún salía alguna gota de semen para después pasar la lengua y llevársela a la boca nuevamente, cosa que hizo varias veces.

Cuando ya habían pasado unos instantes, en los que pensé que me iba a soltar, para mi sorpresa, siguió jugando con mi polla entre sus labios: lamiéndola, succionándola, mordiendo y chupando, aunque de una manera más suave, mientras mi miembro iba decreciendo y haciéndose más pequeño en su boca.

—Uf, menudo orgasmo me has dado, de los mejores que he tenido, en serio —le dije rompiendo el silencio.

—Sí, menuda pasada, cómo te has corrido, cabrón, menuda lechada, me ha encantado. Ya echaba de menos una corrida así en mi boca —me respondió, para seguir lamiendo mi pene—. ¿Me dejas tenerla en la boca un poco más? —preguntó.

—Como quieras, estoy tan relajado que no me importa —le dije.

Ahora ya no la chupaba como si fuera una mamada normal, sino más bien estaba jugando con mi polla en su boca, manteniéndola dentro. La pasaba por su lengua, se la ponía a ambos lados de la boca, como si estuviera comiendo un caramelo. A veces estiraba de ella, a veces la sacaba de su boca y pasaba la lengua a lo largo o mordisqueaba el glande, probando así todo lo que le apetecía y se le ocurría. Me dejé hacer porque, aunque ya me había corrido, me seguía dando placer, uno más suave y relajado, como el de un masaje, y debo admitir que me daba morbo verla así, tan ensimismada con mi polla.

Y entonces, sin saber cómo ocurrió, mi polla comenzó a crecer de nuevo entre sus labios.

—No me lo puedo creer, me la estás poniendo dura de nuevo —dije sorprendido y algo perturbado, mientras ella sonrió entre murmullos.

Nuria entonces se incorporó un poco para poder pasar a una felación más intensa, como cuando había comenzado la mamada minutos atrás, y comenzó a presionar más con los labios sobre mi miembro, ayudándose con la mano, pajeando la base del tronco de mi polla. Tras unos instantes, como quien intenta encender un fuego y fricciona vigorosamente un palo de madera, mi polla estaba nuevamente dura del todo dentro de su boca.

—Ah, qué cabrona, esto es lo que estabas buscando —dije con la voz entrecortada, sintiendo una mezcla de inmenso placer y ese dolor parecido a las agujetas que sentía en mi miembro por la exigencia de volver a la erección tan rápidamente tras un orgasmo.

Esta vez la mamada era más medida, menos improvisada y ansiosa. Los movimientos de su cabeza eran más lentos, intentando meterse la polla entera en la boca, logrando que sus labios toparan con mi abdomen y sintiendo cómo la punta de mi miembro rozaba la estrechez de su garganta, haciendo que me retorciera de gusto en el sofá.

Otras veces sacaba la polla de su boca y, con su lengua, jugaba con mis testículos. Estoy seguro de que al menos uno de ellos se lo metió entero en la boca, y no podría asegurar que en otro momento fueran los dos, ya que la presión que ejercía era tan intensa que ya no sabía lo que estaba haciendo y su mata de pelo castaño no me dejaba ver bien lo que sucedía entre mis piernas.

—Qué bueno que hayas recuperado la erección, así te la puedo comer otra vez —dijo Nuria con voz burlona y dominante—. ¿Tienes más lechecita para mí? Recuerda que estoy sedienta —me decía, provocando.

—No sé si voy a poder volver a correrme —le confesé, pues no era normal en mí correrme dos veces tan rápido—, pero si sigues chupándome así, pronto lo sabremos —le dije con la voz entrecortada, retorcido de placer, dejándome llevar por sus ansias y su boca.

En un momento dado, aceleró mucho el ritmo, buscando provocar mi éxtasis. El segundo orgasmo lo comencé a notar como más lejano, más costoso. No era tan urgente como en la primera felación, y estoy seguro de que si ella hubiera parado en ese momento, el orgasmo se habría detenido. Pero, como un tsunami, con cada instante que pasaba, el placer y la proximidad del clímax crecían de manera exponencial.

—¡Joder! Me vas a hacer correr otra vez —dije, gruñendo, tratando de controlar esa mezcla de placer y dolor que sentía. En algún instante, la presión era tan grande, acumulada en mi escroto, que no pude más que dejarme ir con un sonoro grito de placer.

Miré a Nuria y solo pude verla concentrada en no parar ni bajar el ritmo, mientras yo me corría salvajemente por segunda vez en su boca. El orgasmo fue tan intenso que no podría decir si me corrí mucho o poco, pues la sensación era de vaciarme a mares, aunque imagino que esta segunda vez la cantidad de semen llenando su boca sería menor que la primera.

—Joder, nunca me habían hecho correr así, dos veces seguidas con tremenda mamada —dije jadeando.

Nuria rió, sin despegar mi polla de su boca.

—Has sido un buen chico —dijo un instante con la boca llena de parte de mi semen, mientras paladeaba y tragaba lo que quedaba, para después volver a engullir mi polla y relamerla todo lo posible.

Y os lo creáis o no, me la siguió chupando durante media hora más, momento en el que me corrí por tercera vez en su insaciable boca y ella se lo tragó todo de nuevo.

—Para, por favor, ya no puedo más. Me has dejado seco —supliqué.

Nuria se despegó lentamente de mi polla y se sentó a mi lado en el sofá.

—Hmmmm, ha estado genial —dijo con una amplia sonrisa de satisfacción en su rostro—. Como ves, me encanta chuparla y tenía muchas ganas. He disfrutado de que te hayas podido correr más de una vez en mi boca, qué pasada. Me encanta saber que me voy a dormir con tres cargas de tu leche en mi estómago, me pone muy cerda eso, ¿sabes? Me excita mucho. Seguro que esta noche duermo genial —dijo riendo—. Gracias por satisfacer mi sed —me dijo, dándome un beso en la mejilla y levantándose para dar por finalizada la sesión de sexo oral.

Yo me quedé unos instantes, destrozado y hundido en el sofá, con los pantalones bajados y la polla colgando, inerte y dolorida, sin acabar de creerme lo que había pasado con mi compañera de piso.

A la mañana siguiente, los compañeros habían vuelto y estuvimos desayunando casi todos en la mesa redonda del comedor. Los siguientes días pasaron con normalidad. Sí notaba que Nuria me miraba y me sonreía de forma cómplice a veces, pero aparentaba cierta normalidad delante de los demás. Un día, que me pilló más a solas, me dijo que iba a comprar leche porque se estaba acabando: “Y si se acaba, ya sabes lo que te toca”, me soltó riendo, dejándome con la imagen grabada en la cabeza.

A mitad de semana, me encontraba muy excitado recordando todo lo que había pasado. Comencé a tener erecciones bastante importantes solo pensando en Nuria, así que una noche me armé de valor y fui a su habitación. Entré sin llamar, para no hacer ruido y que el resto de compañeros del piso no se enteraran. Me la encontré tumbada en la cama, con un pijama de verano, leyendo un libro. Al verme, sonrió con picardía.

—¿Qué se te ofrece? —preguntó en tono juguetón—. ¿No puedes dormir?

—Llevo todo el día pensando en lo del otro día, y estoy cachondo perdido, con la polla tiesa gran parte de la jornada —le confesé, riendo de lo ridículo que sonaba.

—¿Sí? ¿A ver? —respondió burlona.

Ladeé el pantalón del pijama y mi polla erecta brotó súbitamente ante sus ojos.

—Ay, cariño —me dijo Nuria en tono casi maternal—, pero ¿dónde vas así? ¿No te duele?

—Un poco, sí —admití, mientras ella se apresuraba a agarrar mi polla.

—¿Quieres que te la coma? —preguntó, con esa mezcla de descaro y dulzura que la caracterizaba.

—¿Te apetece? —le pregunté, casi conteniendo la respiración.

—A mí siempre, cariño, pero quiero que me lo pidas —me replicó.

—Uf, qué traviesa eres… Quiero que me la chupes —dije, con la voz ya entrecortada por la excitación, mientras ella comenzaba a pajearme suavemente.

—¿Y vas a querer correrte otra vez en mi boca? —preguntó, alargando la tensión.

—Sí, me encantará —susurré.

—¿Y vas a querer que me lo trague todo? —siguió provocando.

—Sí, me encantará ver cómo te lo tragas de nuevo —atiné a decir.

—¿Me vas a dar mi lechecita antes de dormir? Hmmm, anda, ven acá —dijo mientras, tirando suavemente de mi miembro, se acomodó de lado y engulló mi polla en su boca.

En esta nueva postura podía admirarla mejor: ella tumbada de lado en su cama, y yo de pie, con una rodilla apoyada sobre el colchón. Veía cómo su cabeceo hacía entrar y salir mi miembro de su boca. Aproveché para sentir cada sensación: la humedad, la calidez de su boca, la suavidad de sus labios. También pasé mi mano por su frondoso y rizado cabello marrón, mientras ella, por su parte, pasó una mano por detrás de mí hasta mis glúteos para empujar mi pelvis contra su boca, logrando meterse mi polla entera hasta la base.

Tras unos intensos y dulces minutos, y no queriendo alargar lo inevitable —por miedo a que algún compañero pudiera escucharnos— me dejé llevar y la avisé de que me corría. Esta vez pude observar su expresión de placer cuando notó cómo mis disparos de semen inundaban su boca. La vi tragar y relamerse lo que se le escapaba de los labios, saboreándolo todo. Al igual que la primera vez, siguió chupando hasta que perdí fuerza y mi polla se volvió a quedar inerte entre sus labios.

Nuria sonrió y soltó mi miembro lentamente, mientras se relamía.

—Oye, ¿te puedo preguntar algo? —me dijo mientras recolocaba mi ropa y se aseguraba de meter mi polla de nuevo dentro del pantalón del pijama.

—Claro, dime.

—Más o menos, ¿cuántas veces te masturbas a la semana? —quiso saber.

—Pues, de media, una, dos o tres veces… depende. ¿Por qué?

—¿Qué te parece si, en vez de pajearte, a partir de ahora cuando quieras correrte me avisas y te corres en mi boca? Así yo te la mamo un rato, me quito el ansia y, de paso, me tomo tu leche que me encanta. Pero esto en secreto, ¿eh? Que no salga de aquí nuestro pequeño pacto —dijo con una sonrisa traviesa.

Y así fue. Nunca llegamos a tener relaciones completas, porque ella quería mantener su “sexo de verdad” reservado para su novio del pueblo. Pero me la mamó decenas de veces durante el tiempo que compartimos piso y, sin exagerar, debió beberse varios litros de mi semen durante aquellos meses. A veces aún recuerdo aquellos encuentros y sonrío con una mezcla de morbo y nostalgia, por ese vicio oculto de la compañera de piso compartido.

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