Hola, soy Viviana y esta es otra de mis aventuras. Tenía apenas 20 años cuando sucedió, justo en la época en que me fui de casa para estudiar en otra ciudad. Mis padres me rentaron un departamento pequeño, lo cual me permitió cumplir muchas fantasías. Podía coger sin restricciones y, créeme, tengo tantas historias que poco a poco iré compartiéndolas aquí. El lugar donde vivía tenía varios vecinos muy dispuestos a disfrutar conmigo del sexo sin problemas.
Para los que no han leído mis otros relatos, me presento de nuevo: soy una chica físicamente menudita, mido 1.52 m y en ese tiempo pesaba unos 45 kg (me mantengo más o menos igual). Me siento afortunada por mi cuerpo: la genética me regaló un culo que resalta bastante y, aunque mis pechos no son grandes, me defiendo muy bien. Les confieso que me encanta provocar situaciones donde pueda exhibirme y seducir a extraños. Me fascina ver la reacción de los hombres cuando dejo ver, accidentalmente, mi ropa interior… y si es posible, también disfruto dejándome coger por ellos.
Cómo empezó mi fantasía
Mi relato empieza una mañana. Desperté y, al revisar el teléfono, encontré un video de una pareja besándose apasionadamente mientras ella era penetrada con fuerza. Me excitó tanto verlos, que se me erizó la piel. Me dije a mí misma que así quería estar yo también. Seguí viendo más videos hasta que no pude más: mi vagina estaba húmeda, palpitante, y pensé en salir a buscar a alguien para coger.
El plan en Home Depot
Me puse unos shorts de mezclilla, botas negras y una blusita corta que dejaba ver mi ombligo. Me hice una coleta y salí a manejar por los alrededores, pensando en cómo lograr que un hombre terminara en mi cama sin verme tan descarada. En un semáforo se paró una camioneta junto a mí; venían varios chavos, obreros de una construcción. Entre todos me gritaban cosas para llamar mi atención. Yo solo les sonreí, les mandé un beso y me despedí mientras el semáforo se ponía en verde. Ahí se me encendió la chispa: ¿y si iba a Home Depot a buscar a alguien que me “ayudara” con un arreglo en casa?
Llegué a la tienda, caminando por los pasillos, mirando a los hombres y eligiendo a quién me gustaría llevarme. Hasta que lo vi: un hombre de unos 40 años, alto, algo musculoso, con una camisa gris, jeans y botas industriales. Desde que lo noté, me atrajo. Venía acompañado de dos ayudantes. Los seguí de lejos, observando cómo se comportaba. Tenía autoridad, se notaba serio. Cuando entró al área de ferretería, reuní valor y me acerqué.
—¿Podrías ayudarme? —le pregunté nerviosa.
—Claro que sí, dime qué necesitas.
Miré lo primero que encontré: ménsulas para repisas.
—Quiero poner una repisa al lado de mi cama, pero no tengo idea de cuál comprar.
Él me inspeccionó de pies a cabeza. Apenas le llegaba a los hombros. Podía oler su perfume, tan rico, y su sonrisa hizo que me temblaran las piernas. Me preguntó qué quería poner sobre la repisa. Ahí improvisé la parte final de mi plan: le dije, con voz tierna, que no sabía instalarlas y que quería algo fácil, de pegamento si era posible.
—¿Dónde vives? —me preguntó—. Si quieres, puedo ir a ponértela. Es algo que se hace en diez minutos.
No pude contener mi emoción. Le sonreí, le tomé las manos.
—¿De verdad? ¿Podrías ayudarme?
Él aceptó y me propuso llevar primero el material a la construcción para luego ir a mi departamento. Nos presentamos: se llamaba Carlos. Me presentó a sus ayudantes, y salimos de la tienda. Me abrió la puerta de su camioneta, subí adelante y mandó a los chicos atrás. Hablamos un poco de la universidad y de su trabajo. Llegamos a la obra, me pidió que esperara dentro de la camioneta. Cuando volvió, emprendimos camino a mi departamento. Iba cada vez más nerviosa y excitada: sabía que pronto conocería su verga.
El momento de la repisa
Entramos a mi depa. Le ofrecí algo de tomar y le sugerí que se pusiera cómodo. Le pedí que se quitara la camisa y le di un beso en la mejilla —el que no le pude dar en la tienda—. Desabroché un botón, él se quitó el resto y pude verlo bien… mi vagina se humedeció aún más. Fui a quitarme las botas y el sostén, y regresé insinuante, invitándolo a mi cuarto. Le señalé un lugar cerca de la cama para la supuesta repisa. Él sacó varias opciones de su caja, pero ninguna me “convenció”. Entonces solté mi confesión:
—No te rías… pero quiero poner el pie en algo alto cuando me den sexo oral, para no cansarme.
Él sonrió, diciendo que no estaba mal. Sacó una media esfera para apoyar el pie y me pidió acostarme para ubicarla bien. Me tumbé boca arriba, abrí las piernas, puse el pie en la pared… y noté su mirada queriendo escudriñar dentro de mis shorts. Me cambié detrás de él: me puse una faldita blanca, muy corta y delgada, y debajo, una tanguita rosa empapada. Cuando me di la vuelta, se le abrieron los ojos. Subí a la cama, le regalé una vuelta, y él solo negó con la cabeza, como si fuera a darle un infarto.
Me acosté otra vez, abrí bien las piernas frente a ese desconocido. Puse el pie en la pared, mostrándole mi tanga mojada. Él no resistió: se arrodilló, hundió su nariz en mi vagina, subió sus manos hasta mi cintura, bajó la tanga y empezó a chuparme como desesperado. Yo me quité la blusa para estar completamente desnuda para mi hombre. Me puse de rodillas frente a su verga, le solté el cinturón, bajé el pantalón y su boxer. Su verga saltó y me golpeó la cara… la saboreé entera, mientras lo miraba directo a los ojos.
No aguanté mucho. Le pedí que se acostara boca arriba y me senté sobre él, jugando a negarle el placer un rato. Lo besé, preguntándole si quería cogerme. Él, mientras me sujetaba las nalgas y me rozaba con su verga, decía que sí, que me quería coger ya. Lo hice suplicar un par de minutos hasta que me rendí: dejé que me clavara su rica verga. Me encantaba sentirla toda adentro, palpitando. Me movía, gemía y llenaba la habitación con mis jadeos.
Me pidió que me pusiera de perrito. Me lamió el culo y me penetró con fuerza. Luego, de nuevo encima de él, sentí cómo se venía dentro de mí, provocándome un orgasmo delicioso. Nos besamos, me agradeció y yo le agradecí por esa rica cogida. Nos bañamos juntos, se vistió y me dijo que debía volver a trabajar. Le di un beso de despedida y, horas después, volví por mi coche… pero con la sonrisa más traviesa que se puedan imaginar.
Autor: Viviana
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