La Visita Inesperada: Un Secreto Bajo el Mismo Techo

relato de suspenso y seducción

Me llamo Dani. Tengo 27 años.

Llevo casi un año con Laura. Ella tiene 25. Su hermana Sara, 29.

Sara llevaba tres días viviendo en nuestro piso porque le habían abierto la pared del baño en su casa y el piso estaba inhabitable. Tres días de verla en pijama corto por la mañana, de oler su perfume en el pasillo, de escucharla reírse con Laura en el sofá hasta tarde. Tres días de tensión que yo intentaba ignorar.

Era sábado por la mañana. Laura se había levantado antes para ir a comprar pan y café. Yo me metí en la ducha. El agua caliente me relajaba la espalda. Tenía la polla semidura solo de pensar en lo que había soñado esa noche: las dos hermanas, una encima de la otra, y yo en medio. Me la toqué un par de veces bajo el jabón y la dejé estar. No quería correrme solo.

Cuando terminé, me di cuenta de que no había traído toalla.

—¡Laura! —grité desde dentro—. ¿Me pasas una toalla?

Escuché pasos. La puerta del baño se abrió un poco.

No era la voz de Laura la que contestó.

—Aquí la tienes.

Sara.

Entré en pánico medio segundo. Estaba completamente desnudo, el agua todavía resbalándome por el pecho y el vientre, la polla a medio camino entre flácida y dura. Me giré de espaldas por instinto, pero ya era tarde. Ella había entrado del todo.

Sara llevaba solo un camisón fino de tirantes, blanco, casi transparente. Se le marcaban los pezones. El pelo suelto, todavía un poco revuelto de la cama. En la mano derecha sostenía la toalla grande gris que siempre usaba yo.

Me la tendió como si fuera lo más normal del mundo.

—Toma. Laura se ha ido a por el pan. Ha dicho que tarda media hora.

Me quedé quieto. El agua seguía cayendo a mi espalda. Ella no apartaba la mirada. Sus ojos bajaron despacio por mi pecho, por el vientre, y se detuvieron un segundo en mi polla. Noté cómo se me ponía más dura solo con esa mirada.

—¿Vas a cogerla o prefieres que te seque yo? —preguntó con una sonrisa ladeada.

Tragué saliva.

—Sara…

—Tranquilo. No le voy a decir nada a mi hermana… a no ser que tú quieras.

Dio un paso más dentro de la ducha. El camisón se le pegó un poco al cuerpo por el vapor. Se notaban las tetas firmes, no demasiado grandes, con pezones rosados ya duros. Me tendió la toalla otra vez. Esta vez la cogí, pero no me sequé. La dejé caer al suelo de la ducha.

Sara soltó una risa baja.

—Vaya. Más rápido de lo que pensaba.

Se quitó el camisón de un solo movimiento y lo tiró fuera. Se quedó completamente desnuda delante de mí. El coño depilado, solo una línea fina de vello encima. Los labios ya un poco hinchados. Se metió bajo el agua conmigo, el pecho rozándome el brazo.

—Laura tarda media hora —repitió—. Podemos hacer muchas cosas en media hora.

No esperó respuesta. Se arrodilló delante de mí bajo el chorro de agua. Me agarró la polla con las dos manos y me la metió en la boca de un solo movimiento. Caliente, húmeda, profunda. Llegó hasta el fondo a la primera. Noté la garganta apretándome la cabeza. Sacó un sonido ahogado y empezó a chupar con ganas, subiendo y bajando la cabeza, la lengua girando alrededor de la punta cada vez que salía.

Me apoyé en la pared de la ducha. El agua caía sobre su pelo y le resbalaba por la espalda. Sara chupaba como si llevara días pensándolo. Una mano me agarraba los huevos, la otra se metía entre sus propias piernas. La oía. Estaba mojada. Muy mojada.

Cuando noté que estaba a punto de correrme, me separé.

—Espera.

La levanté. La giré de espaldas contra la pared. Le abrí las piernas con la rodilla y le metí dos dedos de golpe. Estaba empapada. El coño le chupaba los dedos. Empecé a follármela con la mano mientras le mordía el cuello. Ella gemía contra el azulejo, el culo empujando hacia atrás.

—Métela —pidió—. Ya.

Saqué los dedos, me coloqué detrás y le clavé la polla de una embestida. Hasta el fondo. Sara soltó un grito ahogado y se arqueó. Empecé a follarla fuerte, agarrándola de las caderas, el agua golpeándonos a los dos. El sonido de mi cuerpo contra el suyo llenaba el baño. Cada embestida le sacaba un gemido más alto.

—Así… joder, Dani… más duro.

La follé contra la pared hasta que noté que se le doblaban las piernas. Entonces la giré, la levanté y la empetré contra el azulejo, las piernas rodeándome la cintura. Seguí metiéndosela profunda, mirándola a los ojos. Sara me besó. La lengua caliente, exigente. Sabía a pasta de dientes y a ganas.

Me corrí dentro de ella con un gruñido largo. Noté los chorros llenándola. Ella se apretó alrededor de mi polla y se corrió también, temblando, clavándome las uñas en la espalda.

Nos quedamos así un momento, respirando agitados bajo el agua. Cuando saqué la polla, el semen empezó a salirle del coño y a resbalarle por el muslo. Sara lo recogió con dos dedos y se lo metió en la boca, mirándome.

—Huele a ti —dijo simplemente.

En ese momento se oyó la puerta de la calle.

Laura.

Sara sonrió.

—Perfecto timing.

Antes de que yo pudiera reaccionar, cogió su camisón del suelo, se lo puso (todavía empapado y pegado al cuerpo) y salió del baño como si nada. Yo me quedé bajo el agua, la polla todavía semi dura, el corazón a mil.

Escuché voces en el pasillo.

—Hola, hermanita. Ya he vuelto.

—Ey. Dani está en la ducha. Le he llevado la toalla.

Salí cinco minutos después, envuelto en la toalla. Laura estaba en la cocina guardando el pan. Sara estaba sentada en la barra, con el camisón todavía húmedo marcándole los pezones, bebiendo café como si no hubiera pasado nada.

Laura me miró y sonrió.

—¿Todo bien? Tienes la cara rara.

—Sí… el agua estaba muy caliente.

Sara me dedicó una mirada por encima del borde de la taza. Una mirada que decía “esto no ha terminado”.

El resto de la mañana fue una tortura. Las dos se movían por el piso en ropa ligera. Laura con un pantalón corto y una camiseta sin sujetador. Sara con el mismo camisón, que se transparentaba cada vez que se ponía de espaldas a la luz. Yo intentaba no mirar y fallaba cada dos minutos.

A mediodía Laura propuso pedir comida china. Mientras esperábamos, Sara se sentó en el sofá al lado de su hermana y empezó a jugarle con el pelo.

—Te queda muy bien este corte —le dijo. Y le pasó los dedos por la nuca, despacio.

Laura se rio.

—Estás muy cariñosa hoy.

—Es que te echo de menos cuando no te veo. Y ahora que estoy aquí… —Sara se inclinó y le dio un beso en la comisura de los labios. Un segundo más largo de lo normal.

Laura se quedó quieta. Yo también.

Sara no se apartó. Le volvió a besar, esta vez de lleno. Laura dudó un instante… y le correspondió.

Las vi besarse en nuestro sofá. Lenguas, labios, respiraciones agitadas. La mano de Sara subió por la camiseta de Laura y le cogió una teta. Laura soltó un gemidito contra la boca de su hermana.

Sara se separó solo lo justo para mirarme.

—Dani… ¿te vas a quedar ahí parado o vas a ayudar?

Laura me miró también. Tenía las mejillas rojas y los labios hinchados.

—Ven —me dijo en voz baja.

Me levanté. Me acerqué. Sara me agarró de la camiseta y me bajó hasta ellas. Empezamos a besarnos los tres. Yo a Laura, Laura a Sara, Sara a mí. Manos por todas partes. Le quité la camiseta a Laura. Sara se quitó el camisón. En menos de un minuto las dos estaban desnudas en el sofá y yo todavía vestido.

Sara se arrodilló en el suelo, entre las piernas de su hermana, y le abrió los muslos.

—Mírala —me dijo—. Está empapada.

Le pasó la lengua por el coño a Laura de abajo arriba, lenta. Laura arqueó la espalda y me agarró la mano. Sara se la comió con ganas, chupando el clítoris, metiendo la lengua dentro. Yo me arrodillé al lado y le chupé las tetas a Laura mientras su hermana se la follaba con la boca.

Cuando Laura estaba a punto de correrme, Sara se separó y me miró.

—Ahora tú.

Me quité la ropa. La polla salió dura, todavía con restos de la corrida de la ducha. Sara la cogió y se la metió en la boca un momento, saboreándola, y después se la ofreció a Laura.

—Chúpale tú también.

Laura me miró a los ojos y me la metió entera. Sara se puso al lado y las dos me chuparon a la vez: una la punta, la otra los huevos, las lenguas rozándose. Era obsceno. Precioso. Me costó no correrme enseguida.

Sara se levantó, se subió encima de Laura a horcajadas y le puso el coño en la cara.

—Lámeme mientras te folla.

Laura empezó a comerle el coño a su hermana. Yo me coloqué entre las piernas de Laura y le metí la polla de un empujón. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo sin resistencia. Empecé a follarla mientras ella lamiaba a Sara. Sara se balanceaba sobre la cara de su hermana, gemía, se tocaba las tetas.

Cambié de posición. Saqué la polla de Laura y se la metí a Sara de rodillas, por detrás, mientras ella seguía sentada en la cara de su hermana. Follé a Sara mirando cómo Laura le chupaba el clítoris. Después las cambié otra vez. Y otra. Las dos acabaron una encima de la otra, en tijera, frotándose los coños mientras yo me las follaba por turnos.

Me corrí primero dentro de Sara. Ella se lo quedó todo. Después me corrí otra vez (no sé cómo, pero el cuerpo respondió) dentro de Laura. Las dos se besaron compartiendo el semen que les salía de los coños. Yo me quedé arrodillado mirándolas, la polla todavía latiente.

Esa noche no paramos.

Pasamos al dormitorio. Las dos se turnaban para chupármela mientras la otra se sentaba en mi cara. Follé a Laura mirando a Sara a los ojos. Follé a Sara mientras Laura me besaba. Las dos se la comieron juntas hasta que me corrí en sus caras y se limpiaron la una a la otra con la lengua.

A las cuatro de la madrugada estábamos los tres en la cama, sudados, el semen secándose en los muslos de las dos, el olor a sexo impregnándolo todo. Laura tenía la cabeza apoyada en mi pecho. Sara me acariciaba el vientre con los dedos.

—¿Esto… qué es? —preguntó Laura en voz baja.

Sara sonrió en la oscuridad.

—Es lo que pasa cuando dejas la puerta de la ducha abierta y tu hermana trae la toalla.

Yo no dije nada. Solo las apreté más contra mí.

Al día siguiente Sara se quedó dos días más “porque las obras se retrasaban”.

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