El reloj marcaba la medianoche cuando entramos en aquel hotel discreto, casi escondido entre calles oscuras. El lugar olía a secreto, a piel húmeda, a historias que nunca se cuentan. Mis piernas temblaban, no sé si por el vértigo de lo prohibido o por las miradas ardientes que él me lanzaba, llenas de promesas que sabía que iba a cumplir.
Mientras caminábamos por el pasillo, su mano rozó la mía, apenas un segundo, suficiente para encenderme. El silencio se volvía pesado, interrumpido solo por el eco de nuestros pasos y el golpe seco de mi corazón en el pecho. Al llegar frente a la puerta de la habitación, me empujó suavemente contra la pared, atrapándome con su cuerpo. Su boca cayó sobre la mía sin pedir permiso, un beso salvaje, húmedo, urgente, que me dejó sin aire.
El ascensor había sido apenas un aperitivo, pero aquí, lejos de miradas curiosas, podía dejarse llevar. Sus manos recorrían mi cuerpo con hambre; mis pechos, mi cintura, mis muslos, cada rincón explorado con una mezcla de ternura y brutalidad que me volvía loca. Sentía cómo me poseía incluso antes de desnudarme.
Con un golpe seco, cerró la puerta detrás de nosotros. El mundo quedó afuera. Me levantó del suelo y me cargó entre sus brazos como si yo pesara nada. Mis labios se pegaron a su cuello, mordiendo, chupando, mientras él me arrojaba a la cama.
Se quedó de pie un instante, mirándome con esos ojos que decían que ya era suya. Lento, empezó a desabrochar mi blusa. Botón por botón, me mantenía prisionera de su mirada, disfrutando de mi ansiedad. Cuando por fin la tela cayó, sus labios descendieron hasta mis pechos, devorándolos como si el tiempo se acabara. Mis pezones, duros y sensibles, quedaron atrapados entre su lengua y sus dientes, arrancándome gemidos que llenaban la habitación.
Yo me retorcía bajo él, pero también quería mi parte. Mis manos bajaron por su torso, sintiendo los músculos tensos, calientes, hasta llegar a la dureza que se erguía debajo de sus pantalones. Lo acaricié por encima de la tela, y un gruñido escapó de su garganta.
Me desnudó por completo, dejándome expuesta, vulnerable y excitada. Su lengua recorrió mi abdomen, descendiendo cada vez más hasta encontrar mi humedad. Grité al sentir cómo me lamía con una precisión diabólica, jugando con mi clítoris, succionando, penetrando con su lengua mientras yo me arqueaba en un éxtasis imposible de controlar. Cada gemido mío parecía alimentarlo, hacerlo más salvaje.
No tardé en explotar en su boca, un orgasmo que me sacudió entera. Pero él no se detuvo. Me dio apenas segundos de respiro antes de subirse sobre mí, abriéndose paso en lo más profundo con una embestida que me arrancó un grito. Su ritmo era implacable, duro, pero también perfectamente calculado para enloquecerme.
Lo sentía dominarme, marcarme con cada movimiento. Mi cuerpo respondía sin resistencia, entregado. Mis uñas rasgaban su espalda, mis piernas lo apretaban con desesperación, pidiendo más. El choque de nuestras pieles, húmedas y calientes, resonaba en la habitación como una música obscena.
—Eres mía —susurró en mi oído, y esas palabras fueron gasolina en el fuego.
Me tomó de los cabellos, inclinándome hacia atrás, obligándome a mirarlo mientras me poseía. Yo jadeaba, suplicaba, perdida en un placer que no tenía fin.
El orgasmo me golpeó otra vez, brutal, haciendo que mi cuerpo se sacudiera bajo él. Apenas tuve tiempo de recuperar el aliento cuando sentí que también estaba a punto de perderse. Sus movimientos se volvieron más erráticos, más desesperados, hasta que me llenó con su calor en una explosión conjunta que nos hizo gritar al unísono.
Caímos juntos en la cama, sudorosos, exhaustos, aún latiendo al mismo compás. El silencio después del caos era casi sagrado. Afuera, la ciudad seguía viva, indiferente a lo que habíamos hecho. Dentro de ese cuarto, éramos dos cuerpos atrapados en la lujuria, en el dulce pecado de un hotel de paso.
Y mientras él me abrazaba, con la respiración aún agitada, supe que aquello no sería la última vez.
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