Tu nombre en mi boca: El hambre de Alina

Por: Laura

No hay tregua en mi mirada. Estás ahí, Alina, sentada al borde del sofá, y cada movimiento que haces con esa copa de vino me quema. El aire en este salón se ha vuelto denso, cargado de un magnetismo que casi puedo morder. Me importa una mierda lo que estabas diciendo; solo puedo fijarme en cómo tus labios se humedecen con el cristal y en cómo el escote de tu blusa sube y baja con una respiración que ya no es la calma que intentas fingir.

No aguanto más. Me levanto y camino hacia ti. Mis pasos son lentos, deliberados. Noto cómo te tensas cuando me detengo justo frente a tus rodillas. Te obligo a mirarme, y esa mezcla de desafío y miedo delicioso en tus pupilas es lo que termina de romper mi control.

—Deja la copa, Alina —te ordeno con la voz rota por la urgencia.

Me obedeces sin apartar la mirada. En cuanto tus manos quedan libres, las mías se entierran en tu pelo, tirando de ti hacia arriba hasta que te obligo a ponerte en pie, pegando tu cuerpo contra el mío. Puedo sentir el calor que emana de tus muslos a través de la tela. Estás ardiendo. Te sujeto la mandíbula con fuerza, obligándote a echar la cabeza hacia atrás, exponiendo ese cuello que llevo toda la noche queriendo devorar.

—Llevas horas provocándome —te susurro contra la piel, justo debajo de tu oreja, sintiendo el escalofrío que te recorre—. ¿Crees que soy de piedra?

No te dejo responder. Estrecho mi boca contra la tuya en un beso que no tiene nada de tierno. Es una invasión. Te saboreo con una desesperación que me hace gruñir mientras mis manos bajan hacia tus nalgas, apretándolas, subiendo tu falda hasta que mis dedos encuentran la seda de tu lencería. Estás empapada, Alina. Puedo sentir cómo tu humedad busca el contacto de mis dedos, reclamándome.

El Incendio en la Pared

Te empujo contra la pared. El golpe seco te saca un gemido que me bebo entero. Mis rodillas se abren paso entre las tuyas, forzándote a abrirte para mí. Quiero sentirte hambrienta. Meto una mano bajo tu blusa, apretando tu pecho con una urgencia que te hace arquear la espalda. El sonido de tu respiración entrecortada es la única música que quiero escuchar.

—Dime que me quieres dentro —te exijo, mordiendo tu labio inferior—. Dime cuánto me necesitas ahora mismo.

Deshago los botones de tu blusa uno a uno. No tengo paciencia; el sonido de la seda rindiéndose me excita aún más. Cuando la prenda cae, te quedas ahí, con el pecho agitado y los pezones desafiándome desde el encaje.

—Estás increíble —gruño, devorándote con los ojos.

Hinco mis dientes en la base de tu cuello, dejando claro que esta noche eres mía. Mis labios bajan por el valle de tus pechos hasta que atrapo uno de tus pezones a través del encaje, succionándolo hasta que sueltas un grito ahogado. Mi mano derecha baja directa a tu intimidad. No hay rodeos. Meto los dedos por debajo de la seda húmeda y lo que encuentro me hace sonreír con malicia: estás deshecha por mí.

La Entrega Absoluta

Introduzco el primer dedo de golpe, rompiendo tu ritmo. El eco húmedo de nuestra unión llena la habitación. Meto un segundo dedo, abriéndote, estirándote, mientras mi pulgar castiga ese botón de placer que te tiene temblando.

—¡Laura, por favor! —balbuceas, con la cabeza hacia atrás.

—¿Quieres que pare? ¿O quieres que te use hasta que no recuerdes ni tu nombre?

Te subo a mi cintura, obligándote a embestir contra mi mano. No hay delicadeza, solo hambre pura. Meto mi lengua en tu boca al mismo tiempo que empujo mis dedos con un ritmo salvaje. Estás al límite, y yo voy a llevarte mucho más lejos.

Te obligo a arrodillarte. Quiero verte ahí abajo, Alina, humillada por tu propio deseo. Me deshago de mi ropa con una urgencia violenta hasta quedar desnuda frente a ti. Te sujeto del pelo, guiando tu lengua experta hacia mi clítoris. Suelto un gemido que retumba en las paredes. Eres insaciable. Clavas tus uñas en mi carne mientras me devoras, y yo me masturbo los pechos, retorciendo los pezones hasta que el dolor se confunde con el placer más puro.

El Clímax del Hambre

Te lanzo a la cama. Me subo encima de ti, restregando mi humedad contra tus labios, asfixiándote con mi deseo. Bajo por tu cuerpo hasta quedar entre tus piernas. Las abro con brusquedad, dejando tu intimidad expuesta bajo la luz. Meto mi nariz ahí, aspirando tu esencia antes de pasar mi lengua en un trazo largo que te hace sollozar.

Meto tres dedos de golpe en tu canal, buscándote. La succión de tu cuerpo es increíble. Empiezo a embestirte con una fuerza ruda mientras mi boca se sella sobre tu clítoris. Estás arqueándote, tus piernas tiemblan y sé que estás a punto de estallar en mi cara.

Me incorporo sobre ti, gateando hasta quedar cara a cara. Te obligo a rodear mi cintura con tus piernas.

—Mira cómo te voy a follar.

Te penetro de nuevo, pegando mi clítoris contra el tuyo. El roce crea un fuego eléctrico que nos hace jadear al unísono. Nos movemos en un vaivén salvaje donde nuestras humedades se mezclan hasta ser una sola sustancia espesa. El sonido es puramente animal: el choque de nuestros sexos y tus gemidos convertidos en súplicas.

—¡Más rápido, Laura! —me pides, marcando mi espalda con tus uñas.

Aumento la velocidad hasta que el roce es casi doloroso. Mis dedos golpean tu cuello uterino, estirándote al máximo. Siento cómo tus músculos internos se envuelven alrededor de mis dedos en una presión desesperada. Colapsas. Tus jugos bañan mi mano mientras tu cuerpo se sacude en un orgasmo violento que parece arrancarte el alma.

Me hundo en tu cuello, bebiéndome tus sollozos mientras yo también estallo. Mi propio clímax me golpea como una ola de calor puro. Nos quedamos así, temblando, empapadas en sudor y en ese aroma a sexo crudo que lo inunda todo.

Poco a poco, el silencio vuelve. Limpio un rastro de saliva de tu labio inferior y me llevo ese dedo a la boca.

—Eres mía, Alina —te susurro, marcando tu frente con un beso posesivo—. Y no vas a olvidar este sabor en toda tu vida.

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