Por: Gisela
Todo comenzó una tarde gris, de esas en las que el mundo parece cerrarse sobre ti. Las paredes de mi pequeño departamento, que apenas podía pagar, me asfixiaban. Los números en mi cuenta bancaria me gritaban que no saldría del aprieto, y el nudo en mi pecho —ese dolor físico que sientes cuando el miedo al futuro te supera— me impedía respirar. Lloré hasta quedarme sin lágrimas, dando vueltas por el cuarto, sintiéndome pequeña y acorralada.
En mi desesperación, busqué un refugio en la pantalla de la computadora, navegando sin rumbo hasta que un anuncio en un foro discreto atrapó mi atención. No era un trabajo convencional. Creé un perfil falso con una foto sugerente, alguien que no fuera la «Gisela» que mi familia y mi novio conocían. Cuando le escribí a Román, un hombre que pedía «discreción» sin más detalles, mi corazón latía con una mezcla de miedo y una adrenalina prohibida.
El juego del gato y el ratón
La respuesta llegó en veinte minutos. Román era directo: quería sexo. Al principio, mi armadura moral funcionó como un escudo automático. “Tengo novio, estudio, no me dedico a esto”, le repetí en varias ocasiones. Pero él no se inmutó. “Mira, yo también tengo familia, esposa e hijos. Busco algo rápido y discreto. Te doy cinco mil pesos ahora mismo”.
La cifra retumbó en mi cabeza. Para un estudiante en una ciudad que no era la suya, esos cinco mil pesos significaban renta, colegiatura, transporte y el fin de la angustia. Mis dedos temblaban al escribir el «sí». Quedamos a la mañana siguiente, cuando la rutina de los niños y el trabajo lo ponían fuera de casa, aprovechando las horas en que mi novio no estaba.
El ritual del arrepentimiento
Esa mañana me sentí morir. Me bañé con agua hirviendo, intentando purificar una decisión que sabía que cambiaría algo en mí para siempre. Me depilé con un cuidado casi obsesivo, un ritual que oscilaba entre el deseo de estar perfecta y el deseo de no tener que abrir la puerta. Cada minuto que pasaba era una lucha interna, pero el fantasma de la renta vencida fue más fuerte.
Cuando sonó el timbre, mis pulmones se detuvieron. Al abrir, me encontré con Román. Era un hombre mayor, de piel morena, complexión robusta y una barba que intimidaba. Sin embargo, su presencia tenía una cualidad desconcertante: olía a menta, a ropa limpia, a normalidad. Eso, extrañamente, me puso más nerviosa que si hubiera sido un desconocido agresivo.
La charla fue lo más surrealista del encuentro. Hablamos de libros, de deportes, de la vida. Fue una conversación agradable que, por momentos, me hizo olvidar por qué estaba allí. Hasta que sacó el dinero. El sonido de los billetes siendo contados sobre la mesa fue la señal de salida.
—“Tengo novio” —susurré al recibir el efectivo, como si el dinero necesitara saberlo—. “Pero lo necesito. Pago renta, colegiatura…” —“Yo también tengo esposa e hijos” —respondió él, cortante—. “Necesito que esto quede entre nosotros”.
La frontera final
Cuando empecé a acariciarlo, mi cuerpo tomó el control que mi mente había perdido. Al sentir su excitación, el peso de mis problemas se evaporó, dejando solo el deseo puro. Los besos eran húmedos y desesperados; su barba me erizaba la piel. Cuando nos desnudamos, me sentí observada con una intensidad que nunca había experimentado. La diferencia de tamaños entre nosotros, él grande y grueso, yo pequeña y joven, generaba un contraste que me excitaba más de lo que podía admitir.
Fue un encuentro rudo, animal. Me golpeaba, me succionaba los pezones, me reclamaba como si yo fuera un objeto que acababa de comprar, y, contra todo pronóstico, me encantó. La cama rechinaba con cada sentón, y aunque el miedo a la casera me susurraba al oído, la urgencia de su verga dentro de mí gritaba más fuerte. Estaba allí, siendo poseída por un extraño, y de pronto, me sentí dueña de una parte de mi sexualidad que nunca había explorado: la de la puta obediente que no tiene miedo a los excesos.
Al terminar, cuando su semen manchó mi abdomen, sentí un alivio primitivo. Él se vistió, me dejó un extra para el desayuno y se fue con la misma normalidad con la que había llegado.
La sombra del secreto
Me quedé allí, desnuda, con el cuarto impregnado de nuestro sudor. Limpié todo con una meticulosidad casi médica, escondiendo mi tanga, lavando las sábanas. Cuando mi novio llegó por la noche, lo besé con la misma dulzura de siempre, pero algo en mí había cambiado.
Al día siguiente, mientras caminaba hacia la universidad con los billetes en la mochila, sentía que pisaba otro suelo. Pagué mis deudas y compré aquel regalo para mi novio, mirándolo después con una extraña culpa que empezaba a diluirse en el placer del secreto. Había cruzado una línea, sí. Me había vendido, es cierto. Pero mientras caminaba, una sonrisa se dibujó en mis labios: ahora sabía exactamente lo que valía mi deseo y, sobre todo, sabía que el placer podía ser un negocio redondo si aprendías a jugar tus cartas.
Las historias que comparto en Afrodita son crudas porque la vida es cruda. Gracias por leerme y acompañarme en mis sombras.
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