El Guardia de Seguridad: Un encuentro prohibido en la obra

La guardia nocturna en la obra

Por: Andrés

A mis 25 años, he aprendido que el deseo no entiende de etiquetas, sino de instintos. Me considero bisexual; aunque tengo una relación estable con una mujer a la que amo, hay un hambre específica que solo puedo saciar de una forma. No busco candidatos fijos, pero tengo una debilidad absoluta por el uniforme: la rigidez del tejido, el cinturón táctico, el aura de autoridad que proyectan militares, policías o guardias de seguridad. Si el hombre es alto, de cuerpo firme y lleva uniforme, mi mirada se clava sin remedio en su paquete.

Así empezó todo con Ángel.

La urbanización del pecado

Me mudé a una urbanización a las afueras, un laberinto de casas a medio terminar, polvo de cemento y farolas que iluminaban calles desiertas. Era un entorno aislado, cerrado por guardias, donde el silencio nocturno era absoluto. Para muchos, ese vacío sería inquietante; para mí, se convirtió en el escenario perfecto para dejar salir mis impulsos.

Llegar a casa significaba ver a lo lejos la garita de seguridad. Durante semanas, el guardia era solo una sombra tras los cristales. Hasta que un viernes, la rutina se rompió. Mientras paseaba a mi perro cerca de la entrada norte, vislumbré un coche aparcado entre las sombras de las casas inacabadas. Me acerqué con cautela, ocultándome tras unos sacos de yeso. Lo que vi me dejó sin aliento: una pareja follando sobre el maletero. Ella, con las bragas a los tobillos, se arqueaba contra el metal; él, con el uniforme de guardia a medio quitar, le daba arremetidas brutales. El sonido del jadear mezclado con el silencio de la noche me empalmó al instante. Cuando se detuvieron, el hombre se incorporó y, por un segundo, la luz de la farola iluminó su rostro y su uniforme. Era él. Me marché a casa con la erección doliéndome, necesitando una descarga inmediata.

El encuentro fortuito

Al día siguiente, la curiosidad me llevó a rastrear la zona. Mi perro se escabulló en un chalet aislado y, al entrar a buscarlo, el ambiente cambió. La casa olía a cemento húmedo y soledad.

—Tú, ¿qué haces aquí? —la voz retumbó en el salón vacío.

Giré y allí estaba él. Ángel. En su mano, una porra que blandía con una amenaza que, lejos de asustarme, me excitó. Al explicarle lo del perro, su tono cambió. Tenía una presencia imponente: cuerpo atlético, uniforme ajustado, el olor a tabaco y calle. Me reconoció. O quizás reconoció el brillo en mis ojos. Cuando me invitó a hacerle compañía en la garita porque «se aburría», supe que esa era mi oportunidad.

La garita: El santuario de la transgresión

La garita era un mundo aparte: monitores de vigilancia mostrando rincones oscuros de la urbanización, una radio de fondo, el frío del aire acondicionado y el calor del whisky. Nos sentamos, bebimos, fumamos un porro. El ambiente se volvió pesado, eléctrico.

Él no tardó en ser directo: —Mi novia no ha venido en dos semanas, y tú… bueno, tú me viste el otro día. Me debes algo.

Sin esperar respuesta, su mano se cerró sobre mi bragueta. El tacto de su palma firme, autoritaria, me hizo jadear. Me corrí casi de inmediato, sorprendido por la intensidad de la respuesta de mi propio cuerpo.

—Te debo una —dije, jadeando.

Él se quitó el uniforme. Desnudo, era una visión: casi 17 centímetros de carne sólida, sin una gota de grasa, un cuerpo esculpido por la rutina y el trabajo duro. Me arrojé a sus pies. Saborear su piel, sentir su salinidad y escuchar sus gemidos graves —como los de un toro bravo— me hizo perder la cabeza. Utilizó mi boca con una precisión experta, obligándome a reconocer que no era solo un intercambio, era una posesión.

El clímax y la porra

La sesión fue un descenso al desenfreno. Me sentí utilizado y, a la vez, el dueño de ese momento. Cuando finalmente me pidió que usara su porra, el morbo alcanzó otro nivel. La ensalivé, la hice mía, y bajo sus órdenes, la introduje en él. Ver a un hombre tan imponente, con el uniforme a sus pies, retorciéndose mientras yo lo penetraba con aquel objeto, me dio una descarga de poder indescriptible.

Cuando terminó, el silencio volvió a la garita. Me vestí, sintiéndome otra persona. Al salir, me dijo que podía volver cuando quisiera. El perro fue la excusa; él era el premio. Y aunque sabía que aquello no sería la última vez, ni siquiera me imaginaba hasta dónde íbamos a llegar en las noches siguientes.

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