Nuestro primer trío

Relato erótico nuestro primer trío

El tema de introducir a un tercero surgió una noche cualquiera, después de ver una película en Netflix. No recuerdo el título, pero había una escena subida de tono en la que dos chicos compartían a la novia de uno de ellos. Esa imagen se me quedó grabada en la cabeza. Nunca antes lo había considerado, pero desde entonces no podía dejar de imaginar cómo sería vivir algo así en carne propia.

Pasaron los días y la idea se fue haciendo más recurrente. Tras un par de noches de debate interior, me atreví a proponérselo a Virginia, mi novia. Ella, sorprendida y algo incómoda al inicio, no dijo nada. Pero al cabo de unos días retomó el tema conmigo. Tras una charla sincera, abierta y excitante, me dio el visto bueno.

A partir de ahí nos lanzamos a investigar. Descubrimos testimonios, libros, podcasts, foros y un sinfín de experiencias ajenas. Era un mundo nuevo lleno de posibilidades. Conversamos durante meses, pusimos sobre la mesa límites, condiciones y fantasías. Finalmente, nos decidimos a dar el paso.

Conocimos a Raúl a través de una aplicación. Al principio hubo varios descartados: curiosos, babosos y otros que no encajaban. Pero él era distinto. Educado, simpático y, lo más importante, con experiencia previa en tríos. Desde la primera charla hubo feeling. Nos vimos varias veces, primero para hablar, luego para cenar. Con cada encuentro la tensión sexual aumentaba.

Cuando por fin decidimos concretar, los nervios eran inevitables.

La primera vez

La cita fue en casa, porque ella se sentía más cómoda en su espacio. Después de cenar en nuestro restaurante habitual, llegamos y el aire estaba cargado de expectación. Puse música suave para relajar el ambiente. Virginia fue al baño mientras Raúl se acomodaba en el sofá.

Cuando tardó demasiado, fui a buscarla. —Atacada —me confesó, con la voz temblorosa. Le tomé la mano, le recordé que nada era obligatorio. Respiró profundo, me sonrió y salió decidida.

Para romper el hielo, improvisé un juego. Vendé sus ojos con un antifaz y le expliqué que debía adivinar quién la tocaba o la besaba. Entre risas nerviosas y caricias tímidas, el ambiente fue subiendo de temperatura. El primer beso de Raúl la sorprendió, y aunque se sonrojó, pidió que se repitiera. Esa chispa lo cambió todo: el juego se transformó en deseo palpable.

Las prendas empezaron a caer: primero mi camisa, luego la camiseta de Raúl, después la blusa de Virginia. Cada error en el juego era una excusa para desnudarnos más. Cuando su falda cayó y quedó en lencería negra de encaje, todos supimos que ya no había vuelta atrás.

Ella estaba preciosa. Su piel erizada, sus pezones tensos bajo el sujetador, sus mejillas encendidas. Raúl y yo nos miramos: el momento había llegado.

El trío

Entre besos apasionados, Raúl la abrazaba por detrás mientras yo la besaba por delante. Mis manos recorrieron sus curvas, y sentí la humedad en su ropa interior. Se estremecía entre los dos, deseosa, entregada.

Nos dirigimos al dormitorio. Allí, las barreras desaparecieron. Ella, convertida en diosa lujuriosa, se entregaba a ambos con una mezcla de picardía y desenfreno. Mientras le hacía una mamada intensa a Raúl, yo me arrodillaba detrás para lamer su sexo empapado. La escena reflejada en el espejo del armario era tan explícita que me hacía palpitar el corazón y el sexo al mismo ritmo.

Pronto, mis embestidas llenaron el ambiente con gemidos ahogados y jadeos húmedos. Raúl la tomaba por el cabello, marcando el ritmo de su boca sobre su polla, mientras yo la penetraba con fuerza desde atrás. La escuchábamos gemir, ahogando su placer en un mar de saliva, sudor y deseo.

Después intercambiamos posiciones, dándole espacio a él. Se puso un preservativo y la penetró con potencia, mientras yo le besaba el cuello y masajeaba su clítoris para multiplicar su placer. Sus gemidos se hicieron tan fuertes que pensé que los vecinos escucharían cada detalle.

Nunca había visto a Virginia tan excitada. Sus uñas se clavaban en las espaldas, su cuerpo se sacudía con cada embestida, su sexo mojaba la cama entera. Llegó al clímax de forma tan intensa que acabó temblando entre los dos.

El final fue explosivo: yo me corrí primero dentro de ella, y Raúl, apenas segundos después, llenó el condón con una descarga poderosa. Exhaustos, los tres caímos sobre la cama, respirando agitados, empapados en sudor y placer.

Después

Raúl se marchó un rato después, dándonos espacio. Y entonces descubrimos a qué se refería cuando dijo que “lo mejor venía después”. Apenas cerré la puerta, Virginia me esperaba desnuda en el pasillo. Nos abrazamos, excitados otra vez al recordar lo ocurrido, y volvimos a follar como nunca antes. El morbo de compartirla, de verla disfrutar con otro, de sentir cómo todo eso nos unía… fue indescriptible.

Esa experiencia cambió nuestra vida sexual. Nos abrió la mente, nos unió más y nos llenó de confianza. Hoy, seguimos explorando, y con Raúl mantenemos una amistad muy especial. Quizás el próximo paso sea con otra pareja, o con un segundo hombre.

El límite, lo sabemos ahora, solo lo pone nuestra imaginación.

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