Son las 16:00 y voy de camino a mi cita mensual con mi fisio. Pero esta vez no voy como paciente. Hace un tiempo coincidimos en una página cualquiera de internet, y desde entonces no hemos dejado de escribirnos a diario.
Al principio eran charlas ligeras, educadas, inocentes. Pero con el paso de los días se fueron cargando de insinuaciones, de notas de voz ardientes, de fotos traviesas y jadeos compartidos. Tres semanas y media después, la piel pedía piel, y ya no había marcha atrás: habíamos decidido vernos fuera de su consulta.
Tras muchas dudas sobre el lugar, terminamos eligiendo un motel cercano a la costa. Alejado de nuestra rutina, prohibido, excitante. Yo llegué con media hora de antelación, quería preparar cada detalle. Encendí velas perfumadas, cerré las cortinas, encendí el ventilador de techo y dejé que la fragancia se adueñara del ambiente.
De mi maleta saqué una pequeña colección de juguetes: vibradores, aceites esenciales, varios lubricantes y una caja de preservativos. Metí botellitas de agua fría en la nevera y me fui a la ducha.
Al salir, me puse un conjunto de lencería nuevo que él reconocería de nuestras fotos. Añadí unas gotas de perfume en mi piel y, justo entonces, escuché los golpes en la puerta. Ahí estaba él, puntual, con una sonrisa cargada de deseo.
Abrí y, quizá, si había imaginado múltiples formas de empezar este encuentro, abrir la puerta en ropa interior no estaba en su lista. No dudó un segundo: entró, cerró, y me arrinconó contra la puerta. Su cuerpo se fundió con el mío, nuestras miradas se retaron y un jadeo compartido escapó de nuestros labios. Sus manos rodearon mi rostro, nuestras narices se rozaron, su aliento y el mío se confundieron, y sin saber quién dio el primer paso, nuestras lenguas se encontraron con hambre.
Su mano derecha descendió lenta, acariciando mi cuello, mis clavículas, hasta hacerme estremecer. Mis pezones clamaban por salir de la tela, duros y excitados. Como si pudiera leer mi mente, me miró, sonrió y, con mi jadeo como permiso, liberó mis pechos de la prisión de la lencería. Su lengua y sus dedos se apoderaron de ellos, pellizcando, succionando, amasando, arrancándome suspiros y gemidos que llenaban la habitación.
Mi cuerpo pedía más. Apenas habíamos empezado y ya me costaba sostenerme en pie. Abrí las piernas ligeramente, temblando, rendida a su control.
Su boca descendió por mi cuello, mi abdomen, dejando rastros húmedos que incendiaban mi piel. Se arrodilló ante mí, y con un gesto de sus ojos buscó permiso. Yo solo pude asentir, temblando de anticipación. Mis braguitas cayeron al suelo y él se maravilló con la vista de mi sexo empapado.
Sus labios y su lengua recorrieron mis caderas, mis ingles, mi pubis. Yo ya no era capaz de contenerme: necesitaba que me devorara, que me arrancara orgasmos como nunca antes.
Me tomó de las manos, me guió a la cama y empezó a desvestirse lentamente. Yo lo observaba, mordiéndome los labios, notando mi respiración acelerada. Cuando quedó frente a mí, arrodillado, sus manos se deslizaron por mis piernas, encendiendo cada centímetro de piel. Mi cuerpo se arqueaba hacia él, pidiéndolo, pero él decidió alargar el juego.
Su boca subió, sus manos recorrieron mis costados, sus ojos clavados en los míos. El calor era insoportable, el deseo insoportable. El olor de su piel mezclado con el mío, el roce de nuestros cuerpos, me hacían perder toda noción del tiempo.
Era una explosión contenida. Un incendio inevitable. Lo que tantas veces habíamos imaginado ahora era real, y era mucho más intenso de lo que jamás habíamos fantaseado.
Esa tarde, en aquella habitación escondida junto a la costa, aprendimos que la realidad puede superar a cualquier fantasía… y que una cita puede ser todo, menos normal.
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