Infiel en mis Bodas de Plata

Mujer madura viviendo una fantasía erótica de infidelidad

A duras penas recuerdo mi llegada a Lima con mis padres: un éxodo silencioso de migrantes andinos que huían de un pueblo que amaba, pero que no ofrecía futuro. La ciudad me recibió con indiferencia, abusos y un racismo que se colaba incluso en los cumplidos. Mi padre, con su orgullo intacto, moldeó mi carácter, enseñándome a levantar la cabeza ante las miradas de desprecio. Aprendí a desarmarlos con una sonrisa, a convertir su juicio en deseo —un poder que me sostuvo, pero que también me hizo adicta a las validaciones que llenaban los vacíos de mi juventud.

A pesar de todo, alcancé mis metas: primera de mi clase, abriéndome paso en empresas de renombre antes de graduarme. Pero esas heridas nunca sanaron del todo. Ni siquiera cuando mis suegros, con su linaje italiano y peruano, insinuaban que Miguel —mi esposo— merecía a alguien “mejor” que yo, una mujer de sangre andina que no encajaba en su mundo.

La fortaleza que mi padre me inculcó me ha sostenido, pero también me ha aislado. En el trabajo, he ganado respeto y éxito como ejecutiva, con mi esfuerzo hablando más alto que cualquier prejuicio.

Tres días después de conocer a Javier, mientras revisaba informes, un mensaje rompió mi concentración: él, el taxista, me recordaba el labial que olvidé en su auto. Me incomodó; estaba ocupada, y el recuerdo de nuestro encuentro —ese coqueteo que no debí permitir— me inquietó. ¿Qué habría pasado si Miguel hubiera visto el mensaje? Sin embargo, sus palabras eran correctas, casi respetuosas, como si supiera que cruzaba una línea.

“¿Por qué no lo ignoro?”, pensé. Pero la pulsión irracional de coquetear se impuso: esa rebeldía contra las miradas que me juzgaron en mi juventud, esa necesidad de sentir control donde tantas veces me lo negaron. Así que decidí zanjarlo: le pedí que me recogiera a las 7 p.m. Quería el labial y nada más.

Llegó puntual, vestido con ropa deportiva que dejaba ver sus brazos musculosos y piernas velludas, un detalle que aceleró mi pulso. Me senté en el asiento del copiloto con una sonrisa pícara, y él, con audacia, sugirió que, si yo lo pedía, saltaría el gimnasio por mí. Reí, tentada, y le seguí el juego.

—¿A dónde me llevarías? —pregunté.
—Donde tú quieras, mami —respondió, cargando de fuego sus palabras.

La conversación se tiñó de un coqueteo eléctrico. Notó mis miradas a sus piernas y, al estacionar en una zona tranquila, me invitó a tocar sus músculos, advirtiendo que él haría lo mismo si aceptaba. Dudé un instante: “Esto es lo que busco, sentirme deseada sin las cadenas de mi vida perfecta… pero ¿a qué costo?”.

Dije al fin:
—Quiero tocarte, pero es muy pronto para dejarme tocar.

Mis dedos recorrieron sus brazos duros, tensos bajo mi caricia; luego bajé a su abdomen marcado, rozando la línea de vello que descendía como una invitación. Finalmente, mis manos llegaron a sus piernas firmes, donde sentí el calor de su excitación latiendo bajo la tela. El roce me encendió: mi humedad ya empapaba mis bragas. Pero cuando intentó corresponder, lo detuve. Mi autocontrol prevaleció, aunque mi cuerpo gritaba por más. Le pedí que me llevara a casa.

Arrancó desilusionado. Al despedirme, le dije que no habría más. Pero su murmullo —“me has puesto a mil”— resonó en mí, haciendo que mi clítoris palpitara.

En casa, mi esposo me esperaba. La excitación contenida estalló entre nosotros: me arrancó la ropa, su lengua saboreó mi coño hasta que me corrí en su boca, me penetró con fuerza hasta arrancarme gritos de placer, y terminé lamiendo su semen caliente de su verga palpitante. Exhausta, me acurruqué contra él, agradeciendo en silencio a Javier por encender ese fuego. Pero mientras gemía bajo Miguel, pensé en Javier, y una punzada de culpa me atravesó: esto era placer robado, una transgresión que podía romperlo todo.

Al día siguiente, otra llamada: el labial seguía en su auto. Furiosa conmigo misma, le ordené que lo botara y no me llamara más. Pero su voz arrepentida me ablandó.
—Solo quiero verte otra vez, Samy —dijo.

Atrapada entre culpa y deseo, cedí.
“¿Por qué cedo?”, me pregunté. A mis casi cincuenta años, con un matrimonio perfecto, busco esa dopamina prohibida que me hace sentir viva, como si desafiara las heridas de mi pasado.

Colgué con el corazón latiendo fuerte. Y un nuevo mensaje apareció en la pantalla:

“Mami, hoy no te escapas tan fácil.”

Mi mano tembló al leerlo. Y en ese instante supe que el juego apenas comenzaba.

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