Ibiza. Verano de 2023. Viernes, 11 de agosto.
“De fiesta en una villa en Ibiza, una noche donde el exceso, el lujo y el deseo se mezclan hasta perder el control…”
Llegué a la isla con treinta y nueve años recién cumplidos y el cuerpo en su mejor versión: trabajado, marcado, poderoso. No era solo físico; era presencia. Medía casi metro ochenta, musculatura seca, hombros amplios, venas marcadas recorriendo brazos tatuados con un samurái completo que nacía en mi hombro y moría en la muñeca. La piel, curtida por el sol y el gimnasio. El pelo rapado en los laterales, con trenzas largas cayendo por la espalda, y una mirada gris que no pedía permiso. Entre las piernas, una polla hecha para mandar: gruesa, venosa, siempre alerta.
La fiesta oficial había sido el closing de Fuck Me I’m Famous en Ushuaïa, pero lo que realmente importaba empezaba después. Una after privada, exclusiva, organizada en una villa de Sa Carroca por un productor francés del mundo adulto. Entrada solo con invitación y una palabra clave pronunciada al oído del portero: Bavel.
Crucé la entrada a las 02:17.
El aire olía a sal, perfume caro y lujuria. La villa parecía sacada de una fantasía decadente: piscina infinita bañada en neón fucsia, camas balinesas gigantes, barras libres de champagne rosado, mesas donde la coca ya estaba perfectamente alineada, y un sistema Funktion-One lanzando deep house tribal que hacía vibrar el suelo bajo las botas.
Entonces la vi.
Claudia Bavel estaba allí, real, intensa, incendiaria.
Veintisiete años. Menuda, pero peligrosa. Pelo negro larguísimo, mirada verde afilada como una navaja, labios rojos de pecado. Vestía una red negra transparente que no pretendía ocultar nada: pecho perfecto, cintura de avispa, un culo firme que desafiaba la gravedad, y un piercing plateado en el clítoris que brillaba con cada paso. Caminaba sobre tacones imposibles como quien sabe que domina la sala.
Estaba rodeada de hombres, pero cuando nuestras miradas se cruzaron, todo se detuvo.
Se mordió el labio. Me sostuvo la mirada. Y vino hacia mí.
—Tú eres Rober… —dijo, con una media sonrisa peligrosa—. En persona eres todavía peor.
No hubo negociación. Me tomó de la nuca y me besó con hambre, con lengua, con una urgencia que no necesitaba explicaciones. Sabía a vodka frío y fruta dulce. A deseo directo.
Minutos después estaba de rodillas en el césped, sin bragas, con el vestido recogido a la cintura, tragándome como si aquella polla hubiera sido su objetivo desde siempre. Ojos verdes clavados en los míos, saliva brillante recorriéndole la barbilla, una entrega absoluta que me encendió la sangre.
—Si no me sacas de aquí ahora mismo —susurró ronca—, me corro aquí delante de todos.
No hubo despedidas. Taxi directo al Nobu Hotel Ibiza Bay. La suite presidencial esperaba: sábanas negras de satén, jacuzzi frente al mar, champagne enfriando en hielo.
Nada más cerrar la puerta, me empujó contra el cristal que daba al Mediterráneo. Uñas, mordiscos, respiraciones rotas. La ropa cayó hecha pedazos. La levanté en brazos y la lancé sobre la cama como se lanza algo que ya te pertenece.
La probé despacio primero. Lengua, dedos, ritmo. Su cuerpo reaccionaba a todo. Se corría fuerte, sin vergüenza, gritando mi nombre.
Después vino la crudeza. Cambió el tempo. Dominio, manos firmes, tirones de pelo, órdenes dichas al oído. Ella pedía más. Lo quería todo.
La noche se deshizo entre sábanas arrugadas, cristal empañado, agua caliente y gemidos ahogados por la madrugada. Se corrió tantas veces que perdió la cuenta. Yo marqué mi ritmo, mi fuerza, mi fondo, hasta dejarla temblando.
Al amanecer, de rodillas frente al Mediterráneo, lo entendimos sin palabras.
—Esto no ha sido sexo —dijo, limpiándose despacio—. Ha sido una guerra.
Y sonreí.
Dormimos poco. Comimos desnudos. Volvimos a follar como si el tiempo no existiera. Cada rincón de la suite fue testigo.
Cuando nos separamos, casi veinticuatro horas después, no hubo promesas. Solo una certeza.
Ibiza no se recuerda.
Ibiza se sobrevive.
Y aquella villa… fue campo de batalla.
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