Cuando conseguí aquel trabajo en Vigo, la emoción por empezar una nueva vida me llevó a alquilar un apartamento céntrico, luminoso y sorprendentemente tranquilo. Solo dos pisos por planta; un 8º silencioso, perfecto para descansar después de largas jornadas.
Todo habría sido completamente normal… de no ser por ella.
Mi vecina.
Lucía.
Una mujer madura que parecía desmentir cualquier idea que tuviera sobre la edad. Cincuenta y muchos, quizá sesenta, pero con una presencia que desbordaba seguridad, sensualidad y un encanto natural que llenaba pasillos y ascensores. Siempre impecable: perfumes suaves, peinados perfectos, ropa que le abrazaba las curvas con elegancia.
Yo tenía 28 años y al principio no la veía más allá de una vecina amable. Pero cada encuentro casual, cada saludo en el ascensor, cada intercambio de sonrisas… comenzaba a mover algo dentro de mí. Era como si su sola presencia calentara el aire entre nosotros.
La tarde que lo cambió todo
Una tarde sonó el timbre.
Era Lucía, sosteniendo un gesto entre nervioso y encantador:
—¿Tienes un minuto? Necesito ayuda para mover unos muebles… y tú pareces fuerte.
La seguí sin pensarlo. Su piso olía a jazmín, a madera pulida y a algo cálido, como si todo allí hubiera sido acariciado por ella. Movimos los muebles en diez minutos, pero ella insistió en invitarme a un vaso de agua. O vino. O algo “para agradecer”.
Acepté.
Y esa simple decisión abrió una puerta que ninguno sabía que se moría por cruzar.
La invitación inesperada
Mientras bebíamos y charlábamos, noté algo en su forma de mirarme:
Curiosidad.
Interés.
Una chispa que trataba de disimular.
—Esta noche preparo tortilla —me dijo de pronto—. ¿Te gustaría cenar conmigo?
No pude decir que no.
Me arreglé un poco, queriendo igualar el esmero con el que ella se presentó. Cuando abrió la puerta estaba preciosa, con una blusa que insinuaba más de lo que mostraba.
Durante la cena, el vino hizo su trabajo. Las conversaciones pasaron de lo cotidiano a lo íntimo, de lo íntimo a lo tentador. Historias de vida, confesiones, risas… y miradas cada vez más largas.
El punto de no retorno
A medianoche, con la segunda botella ya casi vacía, la charla tomó un giro más atrevido.
—Hace años que no tengo… compañía masculina —dijo jugando con la copa—. A veces, lo echo de menos.
Tragué saliva.
No sabía si responder… pero el vino me dio valor.
—Es difícil pensar que una mujer como tú esté sola.
Ella sonrió. No se indignó. No se sorprendió. Sonrió, como si hubiera estado esperando que yo dijera algo así.
—¿Y tú? —preguntó deslizando la mirada hacia mi entrepierna—. ¿Hace cuánto no te “acompaña” alguien?
No pude evitar que mi cuerpo reaccionara.
Y ella lo notó.
—Vaya… parece que toqué un tema sensible —susurró con picardía.
Mi erección ya marcaba el pantalón sin remedio. Tragué saliva intentando ocultarla, pero Lucía se inclinó un poco más, con una lentitud deliciosa.
—Si te incomoda… puedes liberarte —dijo en voz baja, con un tono que no dejaba espacio para dudas—. Solo si quieres.
El mundo se detuvo.
La respiración también.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó, esta vez sin rodeos.
Le dije que sí.
O quizá solo lo pensé, pero ella entendió.
Se arrodilló frente a mí y bajó mi pantalón con una calma que me hacía temblar. Mi erección saltó, dura, brillante. Lucía soltó un suspiro cargado de hambre.
—Dios… qué bonita —susurró.
Sus dedos recorrieron el contorno, explorando, acariciando. Su boca se acercó y el primer beso en la punta me atravesó entero. Luego otro. Y otro. Hasta que la sentí hundirse despacio, saboreándome con un deseo que parecía guardado por años.
Llévame a la cama
—Ven —me dijo levantándose sin soltar mi mano—. Quiero sentirte de verdad.
Su dormitorio era cálido, íntimo, con luces tenues.
Se desnudó frente a mí con una naturalidad que me dejó sin aire. Su cuerpo, maduro y sensual, era una invitación abierta al pecado. Curvas reales, piel suave, pecho generoso… y una mirada que quemaba.
Me acosté entre sus piernas y al entrar en ella, despacio, Lucía jadeó un “sí” que me encendió por completo.
Su cuerpo era puro fuego.
Sus dedos en mi espalda, sus gemidos contra mi oído, sus órdenes suaves:
—Más despacio.
—Ahora más fuerte.
—Ahí… no pares, por favor…
Era como si los años sin tocar a un hombre se condensaran en esa noche.
El primer orgasmo
En un momento sus músculos se tensaron, sus uñas se hundieron en mi piel y su voz se quebró:
—Sigue… así… así… ¡me voy…!
Su orgasmo fue tan intenso que me estrechó por dentro como un puño suave, caliente, húmedo. Sentí su cuerpo temblar bajo el mío mientras yo trataba de aguantar.
—No te pares… —susurró, aún estremecida—. Quiero más.
Esa frase me desarmó.
Me corrí dentro de ella con una fuerza que no recordaba haber sentido jamás. Ella me sujetó contra su pecho, jadeando, como si no quisiera soltarme.
La madrugada que no terminó
Pensé que ahí terminaba todo.
Me equivoqué.
Lucía se subió sobre mí, montándome con una pasión salvaje. Sus pechos se movían al ritmo de su cadera, sus gemidos eran música pura. Se inclinó hacia atrás, tocándose el clítoris mientras me cabalgaba sin pudor.
—Dame otro —ordenó—. No sabes cuánto lo necesitaba…
Y se vino otra vez, fuerte, mojada, apretando mi miembro como si quisiera quedarse con él.
Ya al amanecer, exhaustos, sudados, satisfechos, se acurrucó en mi pecho y dijo:
—Así es como debía darte la bienvenida al edificio.
Reímos.
Nos besamos lento.
Y supe que no sería la última vez.
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