Resultaba agotador comprobar cómo los días se deslizaban uno tras otro sin concederme un solo instante de alivio. Por más que lo intentaba, mi mente regresaba siempre al mismo nombre: Lourdes. Ni el afecto constante de Alejandra, ni los cuerpos disponibles de Ivette y Blanca —con quienes me acostaba varias veces al día en un intento torpe y desesperado de silenciar mis pensamientos— lograban arrancarla de mi cabeza.
Sabía exactamente con quién estaba.
Y esa certeza era veneno.
La imagen de aquel patán, el hombre que una vez fue el esposo de mi sierva, tocándola, poseyéndola, reclamándola como suya, se repetía una y otra vez en mi mente con una crudeza que me robaba el sueño. No importaba cuánto placer buscara, cuánto gemido provocara o recibiera: Lourdes seguía ahí, como una herida abierta que no terminaba de cerrar.
Alejandra lo notó.
Por supuesto que lo hizo.
Desde aquella mañana en la que regresé de la galería con Ivette “rehabilitada” y con Blanca incorporada al harén, algo en mí había cambiado. Me volví distante, ensimismado, menos atento. Incluso yo era consciente de que ya no me comportaba como antes. Alejandra, que me conocía demasiado bien, comenzó a mirarme con una preocupación silenciosa, de esas que no reclaman pero duelen.
Y aunque jamás se lo habría admitido, sabía que mi actitud removía viejos miedos en ella: su lugar en la casa, su valor dentro del harén… su lugar en mi corazón.
Trató de sacarme información con sutileza, con comentarios aparentemente casuales, con miradas calculadas. Nada funcionó. No porque no confiara en ella —era la única persona que realmente me importaba— sino porque temía lo que podría despertar en su interior al decirle la verdad.
No estaba preparado para enfrentar su reacción al saber que su exesposo era quien tenía a Lourdes.
No estaba dispuesto a arriesgarla.
Ese silencio se convirtió en una barrera invisible entre nosotros.
El día que decidí concederles una semana de descanso a las siervas, lo hice sin pensarlo demasiado. Las vi regresar exhaustas, con sonrisas forzadas, con miradas cansadas que trataban de ocultar lo que habían vivido fuera de casa. Algo en mí se quebró.
No quería que Ivette volviera a romperse.
No quería que ninguna muriera por mi indiferencia.
—Tendrán una semana libre —dije al fin, rompiendo el murmullo del desayuno.
La sorpresa fue inmediata.
Alejandra me miró, y su decepción fue tan clara como un golpe directo al pecho. Aun así, no me detuve.
Le entregué el control del departamento.
Le otorgué autoridad.
Y ella la asumió con una naturalidad que me resultó tan fascinante como perturbadora.
Verla dar órdenes, ver a las demás obedecerla sin cuestionar nada, despertó algo en mí. No era solo deseo: era orgullo. Poder. Reconocimiento.
Cuando por fin quedamos solos, la tensión entre nosotros se volvió insoportable.
No lloró de inmediato.
Primero preguntó.
Luego dudó.
Finalmente, las lágrimas aparecieron.
Negarme a decirle la verdad fue una de las decisiones más difíciles que tomé. No porque no confiara en ella, sino porque confiaba demasiado. Porque sabía que su reacción importaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Llámame por mi nombre —le dije.
Ese simple gesto la desarmó por completo.
La forma en que me abrazó, la manera en que sus labios buscaron los míos, fue una súplica silenciosa. No de dominio, sino de certeza. De pertenencia.
Y yo… yo me fui.
La galería volvió a oler a ambrosía, sexo y desesperación.
Fue ahí donde vi a Adahí.
Hermosa de una manera peligrosa.
Delicada como una muñeca… letal como un arma cargada.
Verla en acción, observar cómo sometía al hombre que la había comprado por minutos, despertó en mí un deseo oscuro, primitivo. No solo por su cuerpo, sino por lo que representaba: una pieza perfecta para el intercambio.
Mientras Ivette me masturbaba, entendí algo que me estremeció.
No estaba comprando solo una sierva.
Estaba comprando una guerra.
Cuando confirmé el precio y cerré la transacción, sentí una satisfacción tan intensa como inquietante. Lourdes estaba más cerca… pero el costo comenzaba a doler más de lo que había previsto.
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