Amigos con derecho a beso

Amigos con derecho a beso

Éramos seis: Mariam y yo, Manolo y Mª Jesús, José y Andrea.

Mariam era pequeña. Todo en ella lo era, salvo las gafas, que le daban un aire ingenuo y adorable. Mª Jesús tenía los ojos verdes, los labios carnosos y un pelo larguísimo, ligeramente rizado, que cuando lo llevaba por delante le cubría el pecho. Andrea, aunque española, tenía algún antepasado negro que le daba un atractivo toque de mulata; sus ojos eran muy oscuros, profundos.

Entre los chicos, yo era el más alto. Manolo tenía una complexión normal, con algo de barriga. José era el más bajo, pero también el más fuerte.

Nosotros nos conocíamos del trabajo. Ellas ya eran amigas entre sí. Coincidimos en una fiesta, cuando las fiestas todavía se llamaban guateques, y empezamos a salir los seis, sin que aún existieran parejas formadas.

En aquella época estaba de moda jugar a la botella, aunque en su versión más inocente: besos en la mejilla, besos en los labios, algún beso algo más largo… siempre vestidos. Aun así, esos juegos nos permitieron conocernos de una manera difusa pero intensa: los labios, la lengua, el calor del cuerpo del otro durante un abrazo más apretado de lo habitual.

Recuerdo perfectamente cómo, al abrazarnos, los cuerpos se ajustaban un poco más de lo necesario. Nosotros sentíamos sus pechos contra el nuestro; ellas, inevitablemente, notaban nuestras erecciones. A nadie parecía molestarle. Al contrario, ese pequeño exceso de cercanía nos gustaba a todos.

Con el tiempo, Mariam y yo nos hicimos novios. Nos lo contábamos todo, absolutamente todo, incluso aquello que podía doler un poco. Entre los chicos también hablábamos con total sinceridad: comparábamos sensaciones, confesábamos deseos, siempre desde el respeto. Eran nuestras amigas antes que nada.

Poco a poco, sin dramas ni conflictos, cada uno se fue enamorando de una chica distinta. Empezamos a salir en parejas y, no mucho después, dejamos de ser vírgenes. Fuimos Mariam y yo los primeros; luego, animados y asesorados, se sumaron los demás.

Durante meses dejamos de jugar a la botella… hasta que una noche, entre cervezas y risas, José lo propuso sin rodeos.

—Echo de menos jugar —dijo.

Hubo silencio. Nos miramos todos. Sabíamos lo que aquello significaba.

Decidimos hablarlo como adultos: chicos por un lado, chicas por otro. Votamos. Y aceptamos.

El juego volvió, al principio igual de inocente que antes. Besos breves, luego más largos. Manos en la cara, abrazos algo más intensos. La tensión sexual crecía en cada ronda, y nadie parecía querer detenerla.

Cuando los besos se prolongaban, cuando las manos se deslizaban hacia la cintura o el culo por encima de la ropa, los celos aparecían… pero mezclados con una excitación inesperada. Ver a Mariam disfrutar, incluso con otro, me provocaba una sensación contradictoria: una punzada en el estómago y una erección inmediata.

Aquella noche terminó como siempre: cada pareja se retiró a su habitación. Pero algo había cambiado.

—¿Te lo has pasado bien? —le pregunté a Mariam, ya a solas.

—Sí —respondió sin dudar—. A veces hay celos, pero no son tan desagradables como pensaba.

Hablamos largo rato. Sin reproches. Con deseo. Con una honestidad brutal.

El verano siguiente, juntos en una casa familiar en Mallorca, la situación dio un paso más. El topless en la playa, las miradas, la naturalidad con la que los cuerpos se mostraban… todo nos mantenía excitados constantemente. La intimidad compartida ya no se limitaba a besos.

La visita a una playa nudista terminó de romper la última barrera. Entre risas nerviosas y miradas descaradas, comprendimos que todos deseábamos lo mismo, aunque nos aterrara admitirlo.

Lo hablamos. Lo decidimos juntos.

Lo que ocurrió después fue intenso, desbordante y difícil de explicar con palabras simples. Hubo celos, sí. Pero también confianza, deseo compartido y una sensación extraña de libertad.

Esa noche, al dormir abrazado a Mariam, comprendí algo importante: no todo era sexo. Había algo más profundo, más complejo. Algo que solo podía existir porque nos queríamos y nos respetábamos.

Y supe que, pasara lo que pasara después, nada volvería a ser igual.


⚠️ Advertencia de contenido
Este relato contiene descripciones eróticas explícitas entre adultos. Todas las situaciones descritas son consensuadas, ficticias y destinadas únicamente a un público mayor de 18 años.

Hola,
Encantados de conocerte.

Regístrate para recibir contenido interesante en tu bandeja de entrada, cada mes.


Descubre más desde Afrodita Sex Shop Cuba

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta

Descubre más desde Afrodita Sex Shop Cuba

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo